Es la semana de receso y viajes por ‘Thanksgiving’ o Acción de Gracias, en EE.UU. UU. En Los Ángeles, el ambiente se siente festivo. Tal y como se viven los días anteriores a la Navidad en América Latina: boutiques y supermercados con más gente, las escuelas y universidades apartaron sus actividades y los padres ajustan sus rutinas como pueden. entre ellos es Pablo Cisneros de 47 años.
Para esta cita, él se presenta con una gran sonrisa, una camiseta azul con el logo de la institución en la que trabaja y un acento que –sin decirlo– suena a Guayaquil. Él es ecuatoriano, migrante, soñador y funcionario de la NASAen Pasadena, California.
Más noticias
Decir que esta es su historia sería pretendiente abarcar todos los capítulos de su vida en estas líneas; y no. Es la historia del sueño que imaginó de niño; uno que no dejó morir y que hoy lo vive como una realidad.
Cuando se habla de sueños y metas se puede caer en la ‘romantización’ de maquillar y hasta invisibilizar la carga pesada para mostrar los resultados limpios, luminosos, sin peso. Y también sin miedos, dudas ni cansancio.
A Pablo, la vida le hizo esperar 13 años para entrar a la NASA; Rechazaron seis de sus siete postulaciones. En la séptima lo logró. No hay nada de romántico en ello. Al contrario, Hay algo humano.
Cómo llegó a la NASA
Mientras esperamos el turno en la sala de espera para verificar que la identidad de los visitantes coincide con los datos llenados previamente en un formulario, Pablo cuenta que comenzó en esta institución desde 2022.
Se desempeña como ingeniero en plataforma y desarrollo en el JPL (Laboratorio de Propulsión a Chorro). Este es el principal centro de investigación y exploración robótica de la NASA. Todas las naves espaciales, sondas y rovers, que se envían al espacio desde Texas y Florida, se diseñan y operan aquí, en Pasadena.
Una década y seis postulaciones fallidas podrían quebrar a cualquiera. Sin embargo, cuenta que tras cada rechazo no se desplomó. Su estrategia se encaminó de otra manera: ganar experiencia, preparar y fortalecer sus habilidades en otras compañías y mediante estudios académicos, hasta convertirse en el perfil que la NASA necesitaba.
De Guayaquil a la NASA para volver a empezar
La Escuela Politécnica del Ejército (ESPOL) Fue su casa universitaria en Ecuador. Pero –como ocurre con muchos migrantes— ese bagaje no fue suficiente en EE.UU. UU. Tuvo que volver a las aulas y empezar de nuevosegún relata en la sala de control, donde se desarrolló parte de este diálogo con EL COMERCIO.
En el recorrido por las instalaciones de JPL, Pablo habla con alivio de quien está en la cosecha de estos años de trabajo. Desde un mirador simbólico en el que uno se vuelve espectador de su propio camino y comprende que los sueños, quizás, no siempre llegan cuando uno quiere, sino cuando estamos preparados para vivirlos.
El tour no solo ofrece una mirada a los datos asombrosos sobre Marte, el espacio o de las misiones de la NASA; también abre una ventana a las emociones de un migrante ecuatoriano que, entre lo difícil y lo imposible, elige lo primero.
Ahora se encarga de cuidar que ningún equipo caiga en las trayectorias de un satélite, por ejemplo, en la luna y que los datos que envían a la tierra sean limpios e intactos para los científicos. Pero si mira atrás, 40 años en el pasado, él sabe que mientras construía naves con legos o desarmaba relojes viejos. Soñaba con descubrir galaxias.
Su nuevo sueño: que más niños sueñen
“Me hubiera encantado ser astronautapero no creo que llegue. Lo que estoy haciendo ahora es sembrar una semilla para las nuevas generaciones”, confiesa mientras caminamos entre los edificios y los patios con mesas llenas de trabajadores de JPL; quizás científicos, quizás ingenieros, seguramente todos soñadores del espacio.
Pablo explica su nuevo objetivo con la misma convicción que el anterior: quiere abrir caminos para que jóvenes de Ecuador y América Latina lleguen a la NASA. “Quisiera ayudar a los chicos a que aprendan códigos, finanzas, idiomas. Darles una guía”, comenta.
No promete que todos pueden llegar a este lugar de manera fácil, no se trata de caer en optimismos desmesurados. Su vida y sus pasos dicen algo más honesto y real: vale la pena mantener el sueño, incluso cuando suena lejano o grande. A veces, la historia de alguien que insistió en Pasadena puede despertar la ilusión de un niño en Sauces.
