EDITORIAL
Las esperanzas no se crean con más ofrecimientos, sino con acciones efectivas.
Sucesivamente y sin excepción, cada gobierno, cada camarilla oficial, cada presidente ha tenido una etapa de ofrecimientos en campaña y discursos inaugurales. Se producen cíclicas expectativas que se estrellan contra la inercia burócrata y la actitud defensiva, de endoso de culpas y reiteración verbal de buenas intenciones, de metas con cifras hipotéticas. Ya se detectan algunos prospectos presidenciables —en anticipada campaña— haciéndose pasar por ciudadanos empáticos, sumándose al juego de ofrecimientos mercadológicamente calculados, pese a que sus propios antecedentes son un mentís. Y el gobierno de Bernardo Arévalo no ha sido la excepción del ciclo de desencantos y cerrazones.
Hay algunos aciertos, pero no han roto la inercia y tampoco responden del todo a la expectativa ciudadana. La percepción de indiferencia, lentitud o incapacidad provoca decepción y también cólera, porque allá afuera la realidad sigue espinosa. Vivimos en tiempos digitales, en los cuales ya no hace falta salir a lustrarse los zapatos a la calle oa pasear en moto, como hacía Ubico, para saber lo que dice la gente.
Es una pena y un desperdicio de recursos el hecho de que, a pesar de tantos experiodistas devenidos en burócratas de comunicación estatal, no haya quien atine a escuchar de forma sistemática, estratégica y atenta a la ciudadanía. O tal vez se hace, pero no se atiende ese canal: no para responder con comunicados o videos laudatorios y vacíos de TikTok, sino con acciones, planos con cronograma auditado, en los cuales van la propia vida política y el prestigio. Quizás sigue pesando demasiado la rosca de aduladores que termina aislando al binomio presidencial de aquel país donde hicieron campaña y en el cual deben mostrar resultados concretos.
A través de la herramienta de escucha social Goo, de Datalab —una unidad estratégica de análisis e inteligencia digital—, Prensa Libre encargó un análisis de conversaciones, opiniones, reacciones y calificativos sobre el actual gobierno. Hay cifras cuantitativas, pero se trata de un recurso cualitativo que revela percepciones, expectativas, frustraciones. No es una encuesta ni un aplausómetro. Es un flujo de opiniones analizadas con herramientas tecnológicas para sistematizar conclusiones.
En esencia, los diálogos apuntan a que las esperanzas de hace dos años se han tornado en desencanto, por la falta de resultados concretos. Es famoso el mantra que no se puede arreglar en dos o cuatro años lo que se ha deteriorado en 20. Pero sí se deben atender problemas torales para recuperar el terreno. La discusión de un presupuesto deficitario, con todo y bolso clientelar, generó un desgaste enorme para un mandatario que otrora criticó tales prácticas. Lo que más le molesta al guatemalteco es la lentitud, atribuible a incapacidad, negligencia o incumplimiento. No se necesitan campañas de publicidad, sino hechos. El Gobierno comunica más obstáculos heredados que decisiones, más excusas que avances, y el discurso presidencial del miércoles 14 lo confirmó, pues parecía de primer año y no de medio período.
Las áreas más agobiantes para la gente son: gobernabilidad, seguridad y economía —costo de vida y empleo—. Los temores a ser víctima de la delincuencia abarcan la mayor parte de la conversación. Pero las estrategias de seguridad siguieron invariables, al punto de que solo la fuga de 20 reos condujo a la remoción del ministro. Si la vida peligra, nadie se sienta a oír explicaciones. La comunicación del Gobierno no debe ser un espejo turbio, sino una ventana abierta o atenta. Las esperanzas no se crean con más ofrecimientos, sino con acciones efectivas: cualquier otra cosa es más de lo mismo.
