Las caricaturas políticas y, más recientemente, los memes han sido herramientas poderosas para moderar el poder político y exponer abusos a lo largo de la historia. Como formas de humor satírico, ridiculizan a líderes y organizaciones de poder, las despojan de sus auras de autoridades intocables, hacen las críticas accesibles al público general y fomentan el debate público. Este tipo de expresiones protegen y ejercen la libertad de expresión, porque actúan como contrapesos no violentos al poder. De ahí que la aprobación de la Iniciativa 6657 o legislación antimemes no deba ser aprobada por los diputados.
Que no te tomen el pelo con la finta de que la legislación es para proteger a la gente. Es una movida de los “pipoldermos” para protegerse a sí mismos. Ya en 2006 la Corte de Constitucionalidad acabó con el delito de desacato porque, precisamente y como ocurre con la normativa en cuestión, violaba la libertad de expresión. Las críticas hacia funcionarios públicos —aun si son duras o incómodas— están amparadas siempre que no constituyen delitos como injuria, calumnia o difamación (que son de acción privada).
Aunque estos delitos están vigentes y penados, la Constitución Política de la República garantiza la libertad de emisión del pensamiento, y los estándares internacionales recomiendan no usar el derecho penal para proteger el honor de los funcionarios públicos, sino la vía civil, o la rectificación.
SUSCRÍBASE A NUESTRO BOLETÍN
Las caricaturas, que son las abuelitas de los memes, democratizaron la crítica política en la era preindustrial. Artistas como James Gillray, en Inglaterra, usaron exageraciones grotescas para burlarse de la monarquía, Napoleón y la corrupción política, y contribuyeron a una cultura de escrutinio público que influyó en el desarrollo del parlamentarismo moderno. Honoré Daumier, en Francia, hizo una caricatura de Luis Felipe I como una pera (“poire”, que también significaba “tonto” en argot), al simbolizar la glotonería y codicia del rey. Thomas Nast utilizó sus caricaturas en Harper’s Weekly para atacar la corrupción de William Tweed en Nueva York. Nast representaba a Tweed como un ladrón obeso y el político supuestamente dijo: “No me importan los artículos, pero esas malditas caricaturas me matan”.
En el siglo XX, en Hispanoamérica, Quino, con Mafalda, criticaba la burocracia, el militarismo y las dictaduras por medio de una niña ingenua, pero incisiva. En Guatemala, Moncrayón, el muñequito del Imparcial, Dick Smith, y Los García de Siglo Veintiuno (en los que yo estuve involucrado) son ejemplos del uso del humor para moderar el poder.
Con Internet, los memes han amplificado y democratizado aquellos efectos a escala global y viral. Son efímeros, anónimos y fáciles de compartir, lo que los hace difíciles de censurar completamente. Las caricaturas y los memes moderan el poder porque ridiculizan y erosionan a las autoridades abusadoras; no requieren alfabetización alta, ni recursos para llegar a las masas; en regímenes autoritarios la sátira es más difícil de prohibir totalmente que la crítica directa; y generan solidaridad y acción colectiva. ¡Por eso no les gustan a los “pipoldermos”!
Las caricaturas y memes actúan como “válvulas de escape” sociales y herramientas de “accountability”. En un sistema republicano y respetuoso de los derechos individuales fortalecen los pesos y contrapesos; y en autoritarismos son formas de disidencia. Su historia demuestra que el humor no solo entretiene, sino que es un pilar de la libertad de expresión y un freno real al abuso de poder. Que los “pipoldermos” se aguanten, porque los tributariios y los electores necesitamos seguir riéndonos de ellos.
