“Nos echaron de la casa y sellaron la puerta”. La escena quedó grabada para siempre en la memoria de Ana Hebra Flaster, aunque entonces solo tenía cinco años.
Aquella noche, un guardia apareció sin aviso, entregó las visas de salida y obligó a su familia a abandonar el hogar. Antes de irse, colocó un cartel en la puerta: “Propiedad de la Revolución”. Décadas después, esa frase se convirtió en el título de sus memorias.
La escritora cubanoamericana, residente en New Hampshire, recordó su historia en una entrevista con la radio pública WBURal cumplirse 60 años del inicio de los llamados Vuelos de la Libertad, el mayor puente aéreo de refugiados en la historia de Estados Unidos.
Entre 1965 y 1973, cerca de 300.000 cubanos escaparon de la isla por esa vía tras negociar su salida con el régimen de Fidel Castro.
Hebra Flaster contó que sus padres, trabajadores y maestros, apoyaron inicialmente la Revolución. Su madre incluso arriesgó la vida recolectando dinero y medicinas para los rebeldes. Pero el proyecto prometido de restaurar la democracia nunca llegó. En su lugar, el nuevo poder instauró la represión, las ejecuciones y el control absoluto de la vida cotidiana.
Cuando la familia solicitó las visas de salida, comenzó un largo calvario. Durante tres años fueron expulsados de sus trabajos, hostigados y convertidos en “enemigos de la Revolución”. La casa fue vandalizada y vivieron bajo la amenaza constante de arrestos. “Eras completamente vulnerables”, recordó la autora en WBUR.
La salida llegó de golpe y sin margen para despedidas. Solo pude llevar una maleta con un cambio de ropa por persona. Dejaron atrás a la familia extendida, los recuerdos y todo lo que habían construido. Como millas de cubanos, fueron etiquetados como “gusanos”, el término con el que el régimen deshumanizaba a quienes intentaban irse.
Ya en Estados Unidos, la primera imagen que Ana conserva no es de abundancia ni de comodidad, sino de dignidad humana.
En Miami, su madre intentó llamar a un familiar desde un teléfono público y se dio cuenta de que no tenía dinero. Apoyada en el aparato, rompió a llorar. Un estadounidense desconocido se acercó, le dio una moneda y se marchó en silencio. “Ese fue nuestro primer acto de bondad en este país”, relató.
La escritora subrayó que su historia está marcada por lo que ella misma llama una “increíble suerte”. Otros miembros de su familia no corrieron la misma fortuna.
Recordó a un primo que llegó durante el éxodo del Mariel, estigmatizado por la crisis y el rechazo, ya otro que fue internado en Guantánamo tras la Crisis de los Balseros de 1994 y regresó a Cuba marcada para siempre por haber intentado huir.
En su testimonio, Hebra Flaster también lanzó una mirada crítica al presente. Alertó que muchos de los cubanos que alguna vez fueron beneficiarios de políticas de refugio hoy temen la deportación de familiares que llegaron legalmente en años recientes. Para ella, la historia demuestra que el trato a los migrantes no depende solo de la represión en sus países de origen, sino de los intereses políticos del momento.
“Los días de enviar aviones para rescatar a quienes huían de regímenes totalitarios quedaron atrás”, lamentó. Aun así, defendió la tradición estadounidense de asilo y recordó las palabras del presidente Lyndon B. Johnson cuando firmó la Ley de Inmigración de 1965, prometiendo refugio a los cubanos que escapaban de la dictadura.
Desde su experiencia como niña exiliada y ahora como escritora, Ana Hebra Flaster cerró con un mensaje que resuena hoy entre millas de cubanos dentro y fuera de la isla: la esperanza de que, pese a todo, la historia vuelva a inclinarse del lado de quienes solo buscan vivir en libertad.
