Es uno de los finales más desgarradores de los últimos años de la historia del cine. ¿Hace cuánto que no lloras en una sala oscura? Una madre y un padre han perdido a un hijo de una vez años. El dolor importa. El padre es el famoso William Shakespeare y la madre no le perdona no haber estado cuando la “peste negra” se presenta para llevárselo. El hijo se llama Hamnet, el mundo lo conocerá como Hamlet. El arte va a servir para que los dos sanos: para que el padre pueda despedir al hijo (sobre las tablas del mítico “The Globe”); y para que la madre perdone al padre, otra vez ausente. El teatro cura/importa. La vida y el teatro habían sido lo mismo.
“Hamnet”, la película con ocho nominaciones a los Óscar de la directora china Zhao Ting, más conocida como Chloé Zhao, nos lleva de regreso a la Inglaterra del siglo XVI para hablar de temas inmortales: el amor libre/salvaje y el afecto de una pareja incomprendida, el duelo y la perdida, la oscuridad y las formas diferentes/personales de enfrentar dolor y duelo, duelo y dolor. La muerte.
“Hamnet” no se centra en él sino en ella: la película y la premiada novela de la irlandesa Maggie O’Farrell ponen la mirada en la mujer acusada de bruja, sabia/conocedora del poder curativo de las plantas y la medicina ancestral; la que sana, la que ve cosas en los sueños, la que da a luz en el bosque sagrado, la que reza a los árboles para que le devuelvan a su niño.
Con una banda sonora poderosa/melancólica del maestro de la música clásica, el alemán Max Richter, la película tiene planos que recuerdan a clásicos del cine: Dreyer, Bergman, Ozu, Malick… La fotografía del polaco Lukasz Zal logra cuadros de museo.
Es la historia más triste (y bella) jamás contada. Es catarsis y angustia. Tiene una interpretación conmovedora/magnética de la actriz irlandesa Jessie Buckley. Es un hechizo de dos horas en una sala de cine. Es un viaje como en la penúltima película de Zhao que también llegó a los cines bolivianos: esa joyita llamada “Nomadland” con Frances McDormand.
La última frase que escuchamos en “El Globo” (y en la película) nos dice todo. La madre imagina la vida que pudo haber sido de su hijo. Pero el actor que pudo haber sido su niño solo alcanza a morir y decir: “el resto es silencio”. Las manos, todas las manos, han tocado antes otra vez para sanar, para acompañar. Ya lo contó (mejor) el peruano más universal: no mueras, te amo tanto. Pero Hamnet, ¡ay!, siguió muriendo. Fundido en negro. Lágrimas en la sala.
