La depresión pasó de ser un asunto marginal para convertirse en uno de los principales desafíos de salud pública en Ecuador. Las cifras oficiales del Ministerio de Salud Pública lo confirmen. Durante 2025 se registraron más de 1,2 millones de atenciones en el área y, de estas, algo más de 146 000 correspondieron a cuadros depresivos.
Ese volumen ubicó a la depresión como el segundo motivo de consulta, solo por detrás de la ansiedad, con una afectación marcada en niñas, niños, adolescentes y jóvenes.
Este trastorno no responde a una causa única ni puede reducirse a una supuesta fragilidad. La evidencia médica y científica señala una combinación de factores genéticos, biológicos, ambientales y psicológicos.
Sin embargo, el contexto ecuatoriano añade una carga adicional: violencia persistente, pobreza, desempleo, inseguridad y falta de oportunidades. Estos elementos deterioran el bienestar emocional y profundizan estados de tristeza, desesperanza y ansiedad que, sin atención oportuna, derivan en depresión.
Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se estima que, a escala mundial, el 5,7 % de los adultos padecen depresión.
La depresión afecta la trayectoria. educativos, laborales y personales en etapas clave del desarrollo, y deja secuelas que se arrastran durante la vida adulta.
El Estado ha impulsado acciones de promoción, prevención y atención, con 71 servicios ambulatorios y líneas de apoyo emocional como el 171, opción 6. Además, el Gobierno lanzó la Política Nacional de Salud Mental 2025-2030 y suscribió el Pacto Nacional por la Salud Mental, que reúne a 38 actores públicos, académicos y sociales.
La depresión suele avanzar en silencio. El prejuicio, la vergüenza y el desconocimiento retrasan el diagnóstico y el tratamiento. El entorno familiar, social y educativo Cumple un rol decisivo en el acompañamiento y la prevención de desenlaces graves.
La familia necesita herramientas para sostener procesos. largos, complejos y dolorososque no se resuelven con frases simples ni soluciones inmediatas.
Reconocer que la depresión no es un signo de debilidad, sino una enfermedad tratable, constituye un paso indispensable. La terapia psicologicala medicación o la combinación de ambas salvan vidas cuando llegan a tiempo.
A la par, se requiere una mirada estructural. Sin reducción de la violencia, sin empleo, sin entornos seguros y sin oportunidades reales, la salud mental seguirá pagando el costo de una crisis social más profundo.
