El director del Organismo Internacional para la Energía Atómica (OIEA), Rafael Grossi, afirmó el martes que «no hay pruebas de que Irán esté fabricando una bomba nuclear». Pero también reconoció que sus inspectores no gozan de «pleno acceso» por parte del Gobierno de Teherán para … visitar sus instalaciones nucleares y verificar su programa atómico.
«He sido muy claro y consecuente en mis informes sobre el programa nuclear iraní: si bien no hay pruebas de que Irán esté fabricando una bomba nuclear, su gran arsenal de uranio enriquecido de grado casi bélico y la negativa a conceder pleno acceso a mis inspectores son motivo de grave preocupación», escribió Grossi en su cuenta de X.
Tal afirmación del director de esta agencia vinculada a la ONU revela una de las incógnitas habituales sobre el régimen islamista: ¿qué garantías hay de que el programa nuclear iraní tenga fines exclusivamente pacíficos?
En primer lugar, Grossi confirma que Irán posee un «gran arsenal de uranio enriquecido de grado casi belico». A pesar de que no se ha especificado el porcentaje, confirma que se encuentra próximo al grado de bomba, que ronda el 90%. En tal caso, y como confirma a este diario el experto nuclear Francisco Tarín, las centrifugadoras en cascada iraníes, que se encargan del enriquecimiento de uranio, no tardarían mucho tiempo en alcanzar dicho grado.
Paralelamente, Irán decidió impedir que los inspectores de la agencia pudieran acceder a las instalaciones nucleares para comprobar que el programa nuclear era estrictamente pacífico. Si bien es un gesto por parte de la república islámica, el permiso no resuelve incógnitas. Por ejemplo, saber si Irán permite a los inspectores de la OIEA llevar a cabo un control de toda su capacidad nuclear o si solo les enseña lo que el régimen quiere.
Por último, y como precedente, el Consejo de Seguridad de la ONU decidió a finales de septiembre reactivar las sanciones contra Irán después de que el Reino Unido, Francia y Alemania acusaran a Teherán de violar el Tratado de No Proliferación Nuclear, firmado en 2015. Esto motivó la ira de Irán, que mantuvo una firme defensa su derecho a «aprovechar los dividendos de la tecnología nuclear pacífica», según insiste el ministro de Exteriores Abbas Araghchi.
«Sí, hay muchas razones para preocuparse, pero no iba a haber una bomba mañana o pasado mañana. Obviamente muchos países, ese es el caso de Estados Unidos o Israel y de otros, pueden tener la impresión de que todas estas actividades están dirigidas directamente a la fabricación de un arma nuclear», ha explicado Grossi en declaraciones a CNN recogidas por Europa Press. El director de la OIEA añadió que la agencia no «juzga propósitos».
Pero Estados Unidos ha alertado de la inminencia del programa nuclear iraní. Tres altos funcionarios de la Administración Trump afirmaron a ABC que la república islámica «acumulaba alrededor de 10.000 kilos de material enriquecido, incluidos unos 460 kilos al 60% y 1.000 kilos al 20%». Estas mismas fuentes declaraban que el salto del 60% al 90% podría hacerse en «siete a diez días», y desde el 20% en «tres o cuatro semanas». Con estas cantidades, la Casa Blanca sospechaba que Irán iba a tener material para 40 o 50 bombas en solo un año. Ese es el motivo que esgrime para justificar su ataque.
Esta valoración coincide con el análisis del experto nuclear Francisco Tarín, quien explica que «en condiciones normales, Irán no necesita más de un mes o dos para conseguir uranio en el grado de bomba». Pero el proceso para obtener una bomba no acaba ahí: «Una vez que tienes el uranio enriquecido, hay que convertirlo en metal y montarlo en dos semiesferas que forman la ojiva. No solo es el mes o dos con las centrifugadoras, pero no creo que necesiten más de un año».
El límite impuesto a Irán por parte de la OIEA para el enriquecimiento de uranio es inferior al 4%. Previo a la Guerra de los Doce Días, en junio del año pasado, los inspectores de la agencia determinaron que Irán poseía uranio enriquecido al 60%, muy lejos de los valores de un programa nuclear pacífico: «Nadie lo necesita a ese punto para un programa pacífico, como mucho al 20% para un reactor experimental», afirmaba entonces a este diario Francisco Tarín, experto nuclear. Y añadió: «Su excusa (de Irán) es que siempre se puede disolver para hacerlo comercial. Sin embargo, nadie se lo cree. Teherán ha dado pasos para conseguir la bomba aunque lo nieguen».
Fue ante este contexto cuando Israel y Estados Unidos lanzaron en junio la operación Martillo de Medianoche para, en palabras de Trump, destruir «completamente» el programa nuclear iraní. El presidente norteamericano defendió este mantra hasta la saciedad, pero un informe preliminar de la Agencia de Inteligencia de Defensa de EE.UU contradijo su versión y puntualizó que solo habían conseguido retrasar el programa nuclear iraní en unos meses.
Para justificar esta última guerra, Trump asegura que Irán estaba a «semanas» de lograr la bomba nuclear. Eso demostraría el fracaso de los bombardeos de las instalaciones nucleares iraníes de Isfahán, Fordó y Natanz en junio, o que ha asumido el plan israelí de cambiar el régimen de Teherán.
