El tema de la revolución es recurrente no solo en el discurso de los políticos, sino en la gente del estado llano. Los historiadores, por su parte, investigan y describen el auge y caída de las revoluciones, unas calificadas como blandas y otras violentassúper violentas.
Entre las revoluciones blandas se destacan las revoluciones del pensamiento: la creación de la Lógica, las filosofías, el derecho, las tablas de la ley y los designios divinos destacados por las religiones. En ese contexto, la vida y obra de Cristo fueron revolucionarias. También traen a la memoria otras revoluciones significativas de la cultura humana: el lenguaje, la escritura, la imprenta, el libro, y ahora la inteligencia artificial.
Varios científicos postulan, en orillas diferentes, las revoluciones violentas -las guerras- que consolidaron el dominio de potencias colonizadoras sobre tierras desconocidas -con gente incluida- que se denominaban res nula = tierra de nadie.
Para otros autores, la revolución es un resultado de la evolución (y sus mutaciones) identificada por Charles Darwin y los darwinistas socialesquienes sostienen que el poder de los más fuertes sobre los débiles es de origen natural y explica, supuestamente, el origen de la superioridad y agresividad, desde planos biológicos (instintivos) hasta los sociales y estatales (regulados y obligatorios), apenas morigerados por la cultura.
Friedrich Nietzsche, filósofo alemán del siglo XIX, intentó cambiar la ética cristiana tradicional y anunció la muerte de Dios. Esta idea revolucionaria fue malinterpretada y marcó a varias generaciones. Nietzsche se refería a que la cultura occidental tenía que superar la “moral del rebaño”, y en su reemplazo planteó una ética vitalista de los fuertes, que la denominó “voluntad de poder” (o superhombre) como expresión de la libertad. ¡Y esta concepción fue utilizada por los políticos!
En el siglo XX, los jóvenes -impregnados de rebeldías con causas o sin ellas-, irrumpieron en varios episodios de la vida social y política de la humanidad. Por ejemplo, la revolución de mayo, en París, a mediados de ese siglo, hizo templar a Francia y a toda Europa. Y aquellas décadas marcaron a mucha gente: la “guerra fría”, la guerra de Vietnam, el “Hombre unidimensional”, de Herbert Marcuse;” Woodstock”, los “Beatles”, la revolución cubana, la llegada de los primeros hombres a la luna, la teología de la liberación, el asesinato de JF Kennedy; la crisis de los mísiles, y más tarde, en los 80, la caída de la URSS y el surgimiento de un mundo unipolar, entre otros, fueron algunos sucesos trascendentales.
En el siglo XXI, las revoluciones tienen nuevos signos y proyecciones. La guerra se ha cómodo con el arribo de las tecnologías, los liderazgos totalitarios y el derrumbe del derecho internacional, pero, en esencia, persiste la misma lógica. entretanto, las derechas y las izquierdas yacen entumecidas entre conferencias y cumbres de alto nivel, y los cafetines de sabores increíbles cocinados por los intereses amenazados.
La revolución se ha convertido en una épica abstracta, que poco importa a los ciudadanos de un pastely también a las universidades, encerradas en sus claustros, ya ciertos intelectuales, que no se puede interpretar los problemas bajo ideologías superadas por la realidaddonde el insulto y la ironía llenan los libros de tinta con repeticiones románticas y sin futuro.
El mundo de la revolución se ha desgastado. Basta preguntar a la inteligencia artificial para encontrar la respuesta más “revolucionaria” al gusto de cada paladar. Lo único que nos queda a los ciudadanos es la interior -que incluye dosis de conciencia crítica y resistencia creativa-, unida a propuestas locales -las ciudades emergentes y cuidadoras-, como últimos refugios de la esperanza, mientras afuera se consolida, poco a poco revolución, el territorio de la incertidumbre porque nadie ha inventado (todavía) una vacuna contra la insensatez.
¡La épica de la solidaridad es una alternativa! No la de los manifiestos, papeles y discursos; no la de la indiferencia, la anomia y el silencio cómplice, sino la de actitudes, acuerdos y compromisos para la acción. En suma, ¡una “épica con ética”!
