La 98.ª edición de los Premios Óscar quedará registrada como una de las más contundentes en cifras. Sinners rompió el récord histórico con 16 nominaciones, seguido por Una batalla tras otra con 13, y un bloque sólido integrado por Marty Supreme, Valor Sentimental y Frankenstein. La Academia habló con claridad sobre ambición formal, prestigioso autor validado y narrativas reconocibles.
Sin embargo, detrás de ese consenso se asoma una lista de omisiones que definen mejor el estado actual de Óscar.
En Mejor Película, la inclusión de diez títulos no impidió ausencias notorias como Nouvelle Vague, Padre madre hermana y hermano, Caza de brujas, Sorry Baby y Song Sung Blue. F1 logró colarse, pero Superman quedó fuera no solo de la categoría principal (se la merecía por encima de los autos de Brad Pitt), sino también de los mejores efectos visuales, pese a un trabajo técnico ampliamente reconocido. Dentro de la industria se repite la misma lectura: a la Academia no le convenció una película de superhéroes que apuesta por la luz sobre la sombra y por la idea, imposible de aceptar para estos tiempos, de que ser bueno sigue importante en un mundo hostil. Lo que podríamos llamar la “superhéroes-fobia” también alcanzó a Los cuatro fantásticos, cuyo exquisito diseño de producción retro fue ignorado por completo.
