Para justificar lo injustificable, uno de los leitmotivs utilizados por el presidente Trump en su segundo mandato es presentarse como baluarte en defensa de la civilización occidental, a su juicio amenazada por el letal calimocho resultante de mezclar valores liberales con la incursión ilegal de … extranjeros tanto en Estados Unidos como en Europa. Para establecer esta batalla sin cuartel, la Casa Blanca ha convertido en política oficial la teoría del gran reemplazo, una de las conspiranoias favoritas de la efervescente derecha identitaria según la cual los blancos cristianos son una especie en vías de extinción por no controlar sus fronteras.
Aunque la idea de Occidente es una invención decimonónica, el trumpismo intenta construir un legado histórico y un linaje ideológico que se remontaría a Atenas, Roma, Filadelfia, Monticello… incluso a Núremberg (a la vista de los abusos supremacistas perpetrados por los encapuchados del ICE). En su comentado discurso ante la Conferencia de Seguridad de Múnich –antes de poner en valor la alianza patriótica sin límites de Donald Trump con Viktor Orbán– el secretario de Estado, Marco Rubio, explicó que la civilización occidental se sustenta sobre los pilares del nacionalismo étnico y religioso, un rígido concepto de soberanía nacional respaldada por fronteras blindadas, y un celoso desprecio por la cooperación internacional.
Al invitar a Europa a formar parte de este esfuerzo civilizatorio, Rubio ha pedido en realidad a los europeos que se olviden de todas las lecciones aprendidas tras haber engendrado dos guerras mundiales durante el siglo XX. Y es que, aunque MAGA es especialista en vender mercancía averiada, lo que podríamos denominar el Siglo Occidental carece de sentido en ambas orillas del Atlántico. Ni para Estados Unidos, una nación pluralista y políglota que a lo largo de su historia ha acogido a millones y millones de inmigrantes procedentes de todo el mundo. Ni para la Europa definida por siglos de catastróficos conflictos étnicos y religiosos. Mucho mejor no empezar a echar carreras para ver quién se parece más a sí mismo.
