Cuando se les pide que pronostiquen si están apareciendo grietas en la cúpula del Estado iraní que puedan indicar que los días del ayatolá Alí Jameneí como líder supremo están contados, los diplomáticos occidentales adoptan un gesto grave, quizás recordando uno de los mayores desastres colectivos de la diplomacia occidental.
Antes de la caída del sah de Irán, en enero de 1979, los diplomáticos destinados en Teherán enviaban telegramas a sus capitales en los que aseguraban que el poder de Mohammad Reza Pahlavi estaba totalmente a salvo. La Agencia de Inteligencia de Defensa de EEUU, por ejemplo, informó en septiembre de 1978 de que todo apuntaba a que el sah “seguiría en el poder de forma activa” durante los 10 años posteriores. Un informe del Departamento de Estado sugiere que “el sah no tendría que dimitir hasta 1985 como muy pronto”.
