Cuando el año pasado Volodímir Zelenski se enteró de que Vladímir Putin enviaría a un exministro de Cultura, presidente de la Unión de Escritores, como principal negociador a las primeras conversaciones entre Rusia y Ucrania en tres años, sintió que le estaba tomando el pelo. Vladímir Medinski apareció como un personaje de tercera categoría, un amante de la historia repudiado por los estudiosos rusos, impulsor del revisionismo histórico en el que actualmente se basa la ideología del régimen, además de un negacionista del Estado ucraniano.
Pocos sabían entonces que aquel hombre era una de las personas de mayor confianza de Putin: se había ganado una posición privilegiada en su círculo íntimo, había alimentado su espiral belicista en los meses anteriores a la invasión y el mismo presidente le había encargado la tarea fundamental de moldear la mente de las futuras generaciones de rusos.
