“Sirât” es una película/milagro. Y ha llegado a nuestra cartelera comercial boliviana de idéntica manera. “Sirât” logra muchas cosas. La más inesperada es hacerte mover el cuerpo al ritmo de la música electrónica/trance por mucho que odies el “tunchis tunchis tunchis”.
No sobra decir que es una película que se aprecia en su totalidad exclusiva/únicamente en una sala oscura de cine con una pantalla y un sonido a todo dar. Y rodeado de desconocidxs que también mueven la cabeza y los pies: “pum, pum, pum”. Aplica -esta vez sí- ese lugar común llamado “experiencia visual/sonora/cinematográfica”.
“Sirât” es una película/viaje lisérgico, género “road movie”. Es el que inicia un padre acompañado de su hijo menor en busca de su hija mayor que se ha perdido sin avisar por las clandestinas y secretas “raves” del desierto del sur de Marruecos, plagada de minas (la lucha del pueblo saharaui está fuera de campo).
Viaja -en un destino trágico- junto a una inadaptada tribu nómada/espiritual que cree (solo) en bailar juntos; nada más, nada menos. No (les) importa si la “rave” está pegada a un genocidio en Gaza o una frontera salvaje.
“Sirât” -coproducida por los hermanos Almodóvar- es una película/western sobre la muerte. La palabra “sirât” está en árabe clásico y significa: puente sobre el infierno que todos debemos cruzar en el Día de la Resurrección; donde los condenados caen al fuego eterno, donde algunos se salvan de milagro. “Sirât” es un descenso apocalíptico (no por nada está a punto de llegar a la trama de una tercera guerra nuclear). Es una tormenta de arena. Es una borrachera con ch’aqui atroz/fulero.
El director es un gallego, Oliver Laxe, habitual del cine independiente español. Con su cuarta película (su carrera había sido atravesada por el documental) ha llegado a los Óscar con dos nominaciones: mejor película internacional y mejor sonido (la banda sonora electrónica es del arquitecto sonoro francés David Letellier, alias Kangding Ray). El sonido es un personaje más, puro cine. En Cannes logró el Premio del Jurado. ¿Ahora entiendes lo de milagro?
Cuando acaba con un cruel/sorprendente final- te clava por un rato en la butaca. Si es que no has abandonado a mitad de metraje. Mi cuate Gastón Ugalde la hubiera gozado harto; tiene espacios abiertos -como el salar y el desierto- y tiene un espíritu salvaje; cosa que ya no se ve (en el cine). Tiene algo de “Mad Max” y sus mutilados. Tiene también algo de Conrad y sus travesías.
“Sirât” es una película/dolor. El dolor de un padre ante la muerte de sus hijos. En eso se parece a “Hamnet”. La respuesta -ante la pérdida- será otra vez el silencio. El silencio del desierto. El vacío. ¿Ahora se entiende eso de quedarse clavado en la butaca de la sala?
Es una película política. Perturba. Descoloca. El “casting” es de gran mérito; nos pone delante de una fauna insólita. No es una película fácil. Si no entras, te puedes salir. Sus frágiles personajes, a ratos, emputan (en eso se parece a “Marty Supreme”); a ratos, te simpatizan. Tiene un gran Sergi López, en una lección de contención actoral. El cine no salva; conmociona, como los milagros que siempre -como el buen cine- dan que hablar.
