El 23 de noviembre no amaneció como cualquier otro día para Tomás Altamirano. Aún con el cuerpo entumecido por el sueño, el teléfono sonó. Bastó una frase para que su vida se partiera en dos: su hija estaba muerta. Desde entonces, esa fecha quedó tatuada en su memoria como una herida que no cierra.
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Alison Altamirano Poveda tenía 23 años. Era universitaria y estaba a un semestre de cumplir su mayor sueño: graduarse como veterinario. Era la mayor de dos hijas, la primogénita, la que marcó el inicio de una familia que hoy se siente incompleta. “Nos falta una”, dice Tomás, con la voz quebrada, como si aún no lograra asumir lo irreversible.
Dos meses antes del crimen, el padre ya sentía una inquietud difícil de explicar. Presentimientos que intenté ahuyentar con oraciones. Nunca pensé que ese temor silencioso se convertiría en realidad. Aquella mañana, tras la llamada, se alistó con la rapidez que le dejaron sus años en el servicio militar y salió rumbo a Cevallos, en Tungurahua. Allí conoció —como él mismo lo describe— la atrocidad que le arrebató a su hija.
Las últimas horas de Alison
Tomás fue comando y paracaidista. Vio morir compañeros, enfrentó situaciones límite, convivió con la violencia. Pero nada, absolutamente nada, lo preparó para perder a su propia sangre. “Lo de mi hija supera todo dolor”, confiesa. Las noches ya no son tranquilas: hay sobresaltos, pesadillas y recuerdos que se mezclan entre la nostalgia y la culpa.
“Mi hija confió en las personas equivocadas”repite, como una frase que intenta encontrar sentido a lo inexplicable. Alison no era amiga. Tenía pocos amigos y a quienes les abría su corazón era porque confiaba plenamente.
Dos grupos marcaban su vida social: compañeros de la universidad y un círculo que conoció en un gimnasio de Cevallos. Eran jóvenes que, según ella, la ayudaban, la cuidaban y le mostraban afecto. Su padre los conoció solo por referencias. jamás imaginó el desenlace.
La noche previa al crimen, Alison estuvo en una comida con amigos universitarios en Ambato. Luego recibió una invitación de los jóvenes de Cevallos, quienes incluso se ofrecieron a pagarle el taxi. ella estaba triste por la ruptura con su enamorado y sus amigos le ofrecieron escucharla.
Hasta las 20:30 habló con su papá. Después, se quedó profundamente dormido. “Como nunca”, asegura. A las 21:30 conversó con su mamá y le contó que se iba a Cevallos.
Las cámaras de seguridad la captaron llegando cerca de las 23:30 a la vivienda de uno de ellos. Para Tomás, eentonces es una prueba de la confianza que tenía su hija. Después de esa hora, el silencio.
Cuatro personas están detenidas y guardan prisión preventiva en Latacunga. El proceso judicial, según el padre, avanza dentro de los plazos establecidos. Incluso, uno de los sospechosos habría intentado suicidarse en el centro carcelario en Latacunga. “Aceptaremos lo que determine la justicia. Su muerte no puede quedar en la impunidad”sostiene el sargento militar retirado.
Este viernes 19 de diciembre, desde las 10:00 familiares y amigos realizarán un plantón pacífico en Quero. Desde Tena saldrán dos autobuses.
Reunión
Plantón por Alison
Este viernes 19 de diciembre, desde las 10:00, familiares y amigos realizarán un plantón pacífico en Quero. Desde Tena saldrán dos autobuses. Piden justicia, nada más. Camisetas blancas, consignas en silencio y una exigencia clara: la máxima condena para los responsables.
“Llora a mi hija con valores”, dice Tomás, con dignidad. “Ahora solo puedo pedir que nadie más confíe a ciegas. Mi hija no consumía drogas, pero vivía en una sociedad enferma. Y eso también es responsabilidad de todos”.
Alison ya no está. Pero su nombre sigue resonando en cada paso, en cada marcha, en cada pedido de justicia. Porque olvidar, para su padre, no es una opción.
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