El fin del fin de la historia reabre un mundo bipolar, en el que nada de lo que haga una superpotencia resulta ajeno para la otra. Por eso, con la revisión del orden global exhibida en la guerra de Irán, todo planteamiento que no … mire al este reflexiona a medias.
La errática política exterior de Donald Trump, acelerador del caos estructural, desconoce el principio de no contradicción –a veces incluso en su propia boca–. De ahí que la ofensiva contra el régimen de los ayatolás pueda verse a la vez como una dádiva y un guantazo a China, la maniobra de una gran estrategia contra el único rival sistémico y un despiste. Pese a las particularidades que perturban su opinión pública y toda expresión individual, ¿cuál es la perspectiva al otro lado?
«La crisis manifiesta la superioridad militar a nivel operativo, pero también muestra lo fácil que resulta para Washington verse arrastrado de nuevo a Oriente Próximo, incluso cuando insiste retóricamente en que su prioridad a largo plazo es Asia», resume Zichen Wang, vicesecretario general del centro de estudios Center for China and Globalization, con sede en Pekín, y autor del boletín ‘Pekingnology’.
«En términos relativos, eso genera cierto margen geopolítico para China, porque Estados Unidos está destinando atención política, capacidad militar y recursos económicos a otro conflicto lejos de Asia Oriental. Pero sería un error decir que Pekín lo celebra. China sigue necesitando un entorno pacífico y predecible para el comercio, la inversión y el crecimiento, y la inestabilidad en el Golfo perjudica a los tres», prosigue. «Si el estrecho de Ormuz sigue alterado, China sentirá una presión real, pero será más manejable que existencial».
El impacto inmediato en la relación bilateral ha quedado consumado después de que Trump postergara este martes su visita oficial prevista para dentro de dos semanas, aduciendo la necesidad de permanecer en Washington durante el conflicto. En declaraciones previas, había sugerido que el viaje podría estar supeditado a la participación del gigante asiático en patrullas militares por el estrecho de Ormuz, extremo desmentido a posteriori por el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y el propio ministerio de Exteriores chino.
mal de muchos
La coyuntura, tal y como aducía el presidente estadounidense, constriñe la seguridad energética del gigante asiático. El 70% del petróleo consumido en China es importado, un 13% del cual procede de Iránlo que sumado a un 4% de Venezuela pone en cuestión casi un quinto de su suministro. Un riesgo aligerado a corto plazo por la posibilidad de que el régimen iraní autorice el tránsito de embarcaciones cuyas operaciones se hayan realizado en yuanes.
Esta excepción, sin embargo, todavía no se ha corroborado en el momento de escribir esta noticia, y de hecho muchos petroleros chinos evitan de momento el enclave. El Kai Jing, un superpetrolero operado por la empresa estatal China Merchants Energy Shipping, se convirtió este lunes en el primero en modificar su ruta, redirigiéndose al estrecho de Bab el-Mandeb para recibir la carga en el puerto saudí de Yanbu, según el medio económico chino ‘Caixin’.
Esta excepcionalidad, de confirmarse, se asentaría en la proximidad diplomática de ambos regímenes y contaría con precedentes históricos. «Las relaciones entre China e Irán se remontan a la década de los setenta, cuando se iniciaron durante la era Pahlevi. A pesar de los cambios políticos tras la Revolución Islámica, los vínculos bilaterales no solo sobrevivieron, sino que se fortalecieronincluso durante la guerra contra Irak», ilustra Majid Ghorbani, profesor en CEIBS, la prestigiosa escuela de negocios radicada en Shanghái.
«Hacia el final de ese conflicto, Irán empleó diversas medidas para interrumpir el tráfico a través del estrecho de Ormuz, pero China probablemente negoció un paso seguro para sus buques, porque estos no sufrieron el más mínimo daño. En el contexto de la guerra y el bloqueo actual podría surgir un arreglo similar». Dado que el 90% del petróleo que atraviesa Ormuz va a parar a Asia, esto genera una consecuencia paradójica: «En conjunto, aunque un cierre o una disrupción del estrecho de Ormuz afectaría a China, el impacto relativo podría ser menos severo que para otras economías altamente dependientes en la región», esto es, aliados de EE.UU. como Japon o Corea del Sur.
Además, aunque dicho tránsito no se produce, el gigante asiático cuenta con más recursos que otros países vecinos para capear el temporal, tal y como indica Ghorbani. «China ha diversificado sus importaciones críticas, como la energía. También lidera el mundo en generación renovable instalada y cuenta con extensas reservas nacionales de carbón».
no tan amigos
Por todo ello, los analistas chinos consultados por este diario no consideran que China suponga el último de la campaña estadounidense. «No he visto evidencias convincentes al respecto. Por supuesto, las grandes intervenciones militares de Estados Unidos tienen implicaciones de segunda orden para China, pero eso es muy diferente a decir que China es el objetivo», defiende Wang.
«De hecho, si Washington estuviera principalmente enfocado en la competencia estratégica a largo plazo con China, engancharse de manera profunda en otra guerra en Oriente Próximo sería una manera extraña de perseguir ese objetivo. Como han señalado muchos, esta guerra de elección contra Irán representa otro revés importante para el llamado ‘giro hacia Asia’ de EE.UU.», zanja. Un ejemplo ilustrativo de esta dinámica es la supuesta movilización parcial del sistema de defensa antiaérea posicionado en Corea del Sur, cuya instalación en 2017 enfureció a China.
La crisis en Irán, más bien al contrario, está repleta de oportunidades. «EE.UU. ya no es percibido como un país que proporciona bienes públicos, como antes las Naciones Unidas o la acción contra el cambio climático. No solo por provocar crisis geopolíticas, también por los aranceles», apunta Cui Shoujun, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Popular de Pekín. «A largo plazo, lo que Trump está haciendo transferirá legitimidad a China como nuevo proveedor de bienes globales, por ejemplo la Nueva Ruta de la Seda. China no interviene en los asuntos domésticos de otros países, ese es el principio rector de su política exterior. Por eso, China puede presentarse como el constructor de la paz».
Ahora bien: su conversión en eje de un nuevo orden global tiene por ahora sus limitaciones, evidenciadas en su incapacidad de desincentivar el ataque a países próximos ni proporcionar asistencia práctica a posteriori, una inhabilitación especialmente significativa ante un mundo de hostilidad creciente. «La credibilidad de China solo está dañada si uno supone que toda gran potencia debería comportarse como Estados Unidos. Washington mide habitualmente la influencia a través de alianzas, garantías de seguridad y poder militar expeditivo. Pekín no», argumenta Wang.
«China ofrece otro tipo de relación: más comercio, finanzas y coordinación diplomática, menos garantías de seguridad. Ese modelo de flexibilidad y reduce el riesgo de sobreextensión estratégica. Pero también implica que, una vez que una crisis se vuelve violenta, los actores regionales tienden a mirar primero hacia Washington, no hacia Pekín, para cuestiones de seguridad».
Unas cuentas, en resumen, que China hace en solitario. Pero, de momento, favorables. «Si China logra capitalizar con éxito las oportunidades diplomáticas, económicas y estratégicas», concluye Ghorbani, «la crisis actual podría en última instancia fortalecer, en lugar de debilitar, su posición global».
