“Salla, en medio de la nada” es el eslogan turístico de un pueblo del norte de Finlandia con 3.000 habitantes (y 10.000 renos) que desde que cerró la frontera con Rusia lucha por no caer. Antes de la crisis del coronavirus, por aquí cruzaban alrededor de 220.000 coches al año, muchos de ellos turistas que venían desde Rusia. Pero ahora la frontera lleva dos años cerrada y el tránsito de vehículos ha desaparecido, sumando a las calles de Salla en un letargo donde apenas se ve a nadie.
A raíz de la guerra en Ucrania, decidió el Gobierno de Finlandia poner fin a décadas de neutralidad cuando el país nórdico, que comparte una frontera de 1.340 kilómetros con Rusia, ingresó a la OTAN. Casi al mismo tiempo, más de un millón de personas llegaron a puestos fronterizos remotos como el de Salla, para pedir asilo, lo que colapsó la frontera y generó temores por una crisis humanitaria.
