La vida de Carolina de Mónaco Fue un viaje entre el glamour y la privacidad. A la altura de su juventud, cada aparición en Montecarlo, cada vestido de Chanel o Dior, y cada gesto frente a los fotógrafos, marcaba la pausa de la prensa europea. De hecho, la prensa la bautizó como la “novia de europa” y su figura se volvió símbolo de una realidad moderna, pero siempre bajo la presión de cumplir con las expectativas del Principado y del público internacional.
A sus 66 años, Carolina logró un equilibrio que combina discreción y compromiso cultural. Entre sus residencias, destaca el Palacio de Mónaco, donde acompaña a su hermano, el principe alberto iien actos protocolares, y la villa de Saint-Rémy-de-Provence, donde se refugia durante el verano y fines de semana. Aquí, lejos de la exposición mediática, disfruta de la lectura, la pintura y largas caminatas por los olivares y viñedos cercanos. Su transformación recuerda a la de su madre, Grace Kelly, quien dejó Hollywood para asumir las responsabilidades de un principado, aunque Carolina construyó su retiro bajo sus términos: seleccionando cada aparición pública, priorizando la familia y abrazando la madurez.
Desde la muerte de su marido Stefano Casiraghi en 1990Carolina reinventó su vida personal y social. Con tres hijos —Andrea (46), Charlotte (40) y Pierre (38) Casiraghi—, se convirtió en un pilar del clan Grimaldi, apoyando a cada uno en sus matrimonios y proyectos personales. Ha aprendido a manejar su tiempo entre eventos culturales, la Fundación Princesa Grace, que financia artistas emergentes y becas en artes escénicas, y la vida cotidiana.
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El refugio en los nietos: la verdadera corona de la madurez

Los nietos de Carolina, siete en total, se han convertido en el eje de su vida. Su papel como abuela no solo le da alegría, sino que también representa un acto de recuperación tras una juventud. marcado por la exposición pública y la pérdida. Los hijos de Andrea (Alexandre y India), Pierre (Stefano y Francesco), y Charlotte (Raphaël y Balthazar, más su hija Jasmine) son los que ahora llenan su agenda de juegos, risas y paseos por la naturaleza.
A pesar de su pasado de icono de moda y figura pública, Carolina ha priorizado la intimidad y la educación de sus nietos. Prefiere organizar reuniones familiares en la villa de Saint-Rémydonde cocina con ellos y comparte lecturas, antes de asistir a galas o eventos mediáticos. Este enfoque discreto recuerda a la Reina Madre de Inglaterra, quien tras años de turbulencia optó por canalizar su energía en las nuevas generaciones. Para Carolina, cada tarde de juegos, cada cena familiar o paseo por el jardín es un acto de resistencia frente al acoso mediático que vivió como joven madre.
La pasión por el arte y la filantropía: legado más allá de la corona

Carolina de Mónaco ha convertido la cultura y la filantropía en ejes centrales de su vida. Como presidenta honoraria de la Fundación Princesa Graciacreada en 1964 para honrar la memoria de su madre, supervisa programas de becas y apoyo a jóvenes artistas en teatro, danza y cine. Cada año, organiza la Gala de la Fundación en Montecarlodonde recauda fondos destinados a premiar la creatividad europea emergente, pero lo hace siempre con discreción.
Además de la Fundación, Carolina mantiene un estrecho vínculo con los museos y centros culturales del Principado. Participa activamente en la promoción de exposiciones en el Museo Oceanográfico y el Nuevo Museo Nacional de Mónacoapoyando proyectos que buscan acercar el arte a la comunidad y fomentar la educación artística entre jóvenes locales. En los últimos años, ha impulsado programas que combinan talleres de pintura y música con visitas guiadas.
De esta manera, Carolina proyecta un legado que trasciende su imagen de princesa y abuela. Su compromiso cultural y filantrópico refuerza la idea de que su verdadera influencia no reside en la atención mediática, sino en la capacidad de generar oportunidades, proteger la identidad artística y mantener vivo el legado de Grace Kelly.
VM/DCQ
