Bad Bunny emergió del suelo del escenarioen un flashazo; vestido a lo Héctor Lavoe, con traje beige y lentes de mafioso. La ovación rompió cualquier termómetro y absorto ante las masas, el cantante se reservó un buen tiempo para contemplar el paisaje de admiradores desenfrenados por su presencia.
Su concierto en Costa Rica cerró el círculo a la perfección: el estrafalario trapero marginado y vulgar que hace años sacudió al Tajo del Parque Diversionesapareció en el Estadio Nacional convertido en el artista “más grande del mundo entero”, como él y los números no tienen menor reparación en sentenciar.
A la vez, no había mejor lugar para presenciar este hito, que fue el culmen de una cadena evolutiva. Porque con línea directa desde Jamaica, en algún punto de la costa atlántica entre Panamá y suelo tico, estuvo el eslabón perdido que por primera vez cantó en español sobre un ritmo de dancehall.
Toda una historia latina a la que dieron vida los jóvenes de los barrios populares, hasta conquistar la industria musical y décadas después: ¡He aquí a Benito Martínez Ocasio, el elegido, el sapiens sapiens de la música urbana!
Así comenzó el concierto en Costa Rica de Bad Bunny
Pero para vivir tal película, fue necesaria una espera, que fue dulce, traída de la misma tierra de Benito.
Pudo estar cualquiera, o no estar nadie. pero él le dio el encargo de abrir el show a Chuwi, una banda emergente que parece más propio de un festival alternativo. Es por eso que, ante tal multitud, no cabían del asombro.
Los cuatro jóvenes, tres de ellos hermanos, conquistaron al público con un atractivo espectáculo que fusiona la tradición musical boricua con la electrónica, la jerga callejera, los amores de juventud y los relatos más crudos de la pasión, cuando esta es simple y llanamente carnal.
mientras la vocalista repetía que estar en ese escenario era un privilegiola ilusión provocaba un brillo en sus ojos como el de los destellos que imprime el sol sobre el mar Caribe, y hacía de su enorme sonrisa una media luna de marfil.
Tras 30 minutos de show, se despidieron con la promesa de volver, como quien zarpa de un puerto.
Ahora sí, Benito.
Volvió la espera, esta vez la final. En la enorme pantalla aparecieron dos güilas. Si, dos güilas ticos sentados al borde de una aceraahuevados porque el lema del Conejo Malo “no me quiero ir de aquí”, les hacía creer que “no quería venir a Chepe”.
La desesperanza se cortó cuando la niña, ingeniosa, propuso enunciar las palabras mágicas. En comunión se unieron a violar la introducción Delaware la mudanza y aquella retahíla que empieza con “Benito, hijo de Benito…” fue el hechizo que hizo aparecer al hombre más esperado.
Seguido vino el elogio a sí mismoenvuelto en la petición de un aplauso para sus padres, por haberlo creado. Porque, la verdad sea dicha, Bad Bunny es más que consciente y enamorado de su éxito desmedido.
Momento en el que Bad Bunny sube al escenario del Estadio Nacional
Y si no comparas su fama con la de Jesúses porque no creció en Liverpool, sino que al igual que los presentes, lo crio un hogar latino en el que más bien aprendió a agradecer su éxito a Dios.
Eso sí, a pesar de ser el foco total, estaba más que bien acompañada y no se trataba de un amparo divino. Tal cual Lavoe, el reguetonero llegó con un gran combo salseroa dedicar sus mejores pregones a un recinto dispuesto a darse el baile inolvidable de sus vidas.
Ya lo anunciaba su disco, que le da nombre a esta gira, el artista venía a paso de salsa que le dio ritmo incluso a callaítauno de los mayores éxitos de su carrera, al que todos conocieron como un reguetón.
En medio de aquel mosaico salsero en el que la consigna era bailar, daba igual lo descoordinado, Chuwi cumplió lo prometido y volvió a dar “una vueltita” por la escena, para interpretar la canción que grabaron junto a Bad Bunny.
Con todo el mundo envuelto en un frenesí tropical, los últimos compases de Nuevayol Comenzó a sonar una despedida. Tras este movido éxito, dio fin a esta etapa y reapareció en la famosa Casita.
Desde aquella estructura rosa, aquel hombre, como en su casa, hizo lo que quiso. Dejó el traje y se metió en un conjunto deportivo, para recordar que el rey sigue siendo de la calle.
Con porte sobrado y mirada de malo, se dio su taco, dejando más que claro que el cajero no muy agraciado de hace 15 años, ahora mira su pasado desde el trono de galán codiciado, que hoy tiene una novia, mañana otra y otra…
Tití me preguntó, caro, Yo porto bonito y otros golpes anteriores a su nuevo disco tornaron el ambiente en una fiesta nocturna, donde, por supuesto, proliferó el perreo sucio.
De pronto, el Conejo también se cansó del suelo y terminó su estancia en la Casita. Encima del techo de la estructura cerró la fase de complacer a su público con el trap y reguetón que lo trajeron hasta este punto.
De extremo a extremo, regresó a la tarima principal. Allí, con el sombrero acolchado que de un tiempo acá no se quita, coronó la velada, escarbando en su discografía piezas de etapas tan variadas como Yonaguni y Debí tirar más fotos.
La noche fue sin precedentes y esto se plasma, cual si fuera realismo mágico, en que a Bad Bunny se paró hasta la luna a verlo. Y no es burla, porque minutos antes de que el puertorriqueño saliera a escena, el satélite se asomó por el sector este del estadio.
Su todo esplendor se ciñó sobre el recinto con encanto, como prueba de que lo que sucedía ahí dentro era imperdible. Abajo, miles eran la materia prima y viva de los minutos a los que la alquimia de la música iba convirtiéndose en recuerdos imborrables.
Terminó el concierto, o más bien, se transformó en memoria de público extasiado, que obediente a Bad Bunny, no se quedó con el arrepentimiento y grabó en su corazón hasta la última foto que pudo tirar.
