Hay quien no llega al catre: comparece. Como si el aquello fuera final de un campeonato y el departamento inferior tuviera que salir a ganar el partido. Se afinan estrategias, se calcula el marcador, se piensa en la jugada memorable. Y ahí empieza el problema: cuando el deseo se convierte en competencia.
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El ego está metido. Se instala primero entre las sábanas y empieza a dirigir como técnico gritón desde la línea: “más ritmo”, “no afloje”, “que no se note el cansancio”. Mientras tanto, las ganas –sensibles y algo caprichosas– observan la escena y dudan si entrar al juego. Porque las ganas no rinden bien con estadio lleno ni con comentarista interno narrando cada movimiento.
Algunos aprendieron que aquello también tiene ranking. Que hay que hacerlo “como en las películas”, durar “lo que dicen”, sorprender “como se espera”. Así la cama termina pareciéndose más a un fundición que un encuentro. Y el cuerpo, que no entiende de aplausos ni de crítica especializada, empieza a ponerse nervioso.
Lo irónico es que la planta baja suele saber perfectamente qué hacer cuando la de arriba deja de narrar la escena. Pero basta que el ego intervenga para que todo se vuelva a actuar. El ego quiere ovación; el deseo quiere cercanía. El ego piensa en la escena memorable; las ganas prefieren el momento verdadero. El ego quiere épica; el cuerpo quiere piel, calor, gemido, pausa.
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Hay parejas que se bajan del catre con cara de haber corrido una maratón. Y otras que salen riéndose, despeinadas y satisfechas, porque entendieron algo elemental: la torpeza compartida excita más que cualquier coreografía ensayada. El colchón no es alfombra roja. Es territorio sin jurado, sin puntuación, sin repetición en cámara lenta.
Lo cierto es que cuando el ego baja la voz, algo se acomoda. El cuerpo respira. Las ganas regresan sin sentirse examinadas. El aquello deja de ser espectáculo y vuelve a ser conversación sin palabras, intercambio sin libreto, coincidencia sin cálculo.
Todo, porque el gesto más erótico no es lucirse ni demostrar capacidad atlética. Es soltarse.
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El ego quiere trofeo. El deseo quiere quedarse. Y quedarse –sin pose, sin relato heroico, sin necesidad de impresionar– suele ser mucho más audaz que cualquier hazaña nocturna. Hasta luego.
Para EL TIEMPO
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