Mientras medio planeta corre en enero a inscribirse en gimnasios para castigar culpas decembrinas, conviene sospechar que el verdadero músculo olvidado es otro, uno que no se ve en el espejo ni se mide en repeticiones: el de las ganas. El aquello también se atrofia, pero no por pereza, sino por saturación, por exceso de ruido, por jornadas que llegan exhaustas al catre. y, aun así, pretendo rendir como si el deseo funcionara con cronómetro y pitazo final.
No suele decirse en voz alta, pero el departamento inferior no responde a planos de doce semanas ni a comparaciones con cuerpos ajenos y proezas de vitrina. Responde –cuando se le da la gana– a la calma, a la complicidad, a esa rara gimnasia invisible que consiste simplemente en estar, sin prisa y sin fiscalización. No se entrena levantando expectativas ni forzando entusiasmo; se entrena bajando la guardiariéndose del intento torpe, aceptando que a veces no pasa nada… y que eso también cuenta como intimidad.
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Las ganas no se despiertan a gritos ni con discursos motivacionales de espejo empañado. Se despiertan con conversación, con humor, con la sensación inequívoca de que el cuerpo no está siendo evaluado, sino invitado. Por eso, enero, más que exigen rendimiento, Debería permitir reaprendizajes: tocar sin agenda, desear sin examen, equivocarse sin culpa y volver a intentar sin drama.
El catre no es un gimnasio de alto desempeño, sino un territorio compartido, y el aquello, lejos de necesitar disciplina militar, agradece una pedagogía más amable y algo juguetona. A veces basta con apagar el mundo un rato, dejar el celular lejosjuntos respirar y recordar que el placer no es una meta con checklist sino un trayecto irregular, lleno de pausas, risas, silencios útiles y desvíos deliciosos.
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Conviene recordar, además, que la planta baja no es un electrodoméstico que se enciende a demanda ni un proyecto de mejora continua que deba mostrar resultados trimestrales. Hay días en que simplemente estás cansado, distraído o contemplativoy entender eso ahorra discusiones inútiles y frustraciones innecesarias.
El deseo tiene su propia lógica caprichosa y su calendario íntimo. A veces aparece cuando nadie lo llama y se ausenta justo cuando lo esperan con flores y expectativas desbordadas. Enero sería un buen mes para reconciliarse con esa incertidumbre y aceptar que la intimidad También es una conversación prolongada, no solo un acto.
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Al final, el mejor entrenamiento no deja espasmos o calambres, ni presume resultados, pero construye confianza, complicidad y una alegría tranquila que, sin avisar, vuelve a encender las ganas cuando menos se lo espera… generalmente cuando se deja de perseguirlas. Hasta luego.
ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO
