Entre los debe ansiados por cualquier turista en Venecia siempre aparece alguno de estos propósitos. Sumérgete en la atmósfera bizantina de Piazza San Marcos. Vestirse de tiros largos para embriagarse de emoción con una ópera en La Fenice. Tirar mil fotos al puente Rialto desde cualquier ángulo posible. Sobrecogerse bajo la cúpula de La Salute, cuya belleza oculta sus vínculos con la peste. Comprender la pesadumbre de los presos que atravesaban el puente de los Suspiros tras el palacio Ducal. Y, por supuesto, soñar surcando el Gran Canal. En góndola o en vaporettoda igual porque el Gran Canal de Venecia siempre provoca ensoñaciones.
En realidad, toda Venecia, con su belleza decadente y esplendorosa a un tiempo, sacude la inspiración. Su ambiente ha embaucado a artistas de ayer y de hoy. Canaletto se inventó el concepto de postal pintando las vistas de los canales. Hugo Pratt reveló los secretos mundanos de la ciudad a través de los cómics de El Corto Maltés. Casanova no pudo existir en otro lugar. Thomas Mann creó aquí su novela más monumental. O Verdi puso música al veneciano Otelo. Por cierto, un protagonista ideado por Shakespeare, quien seguramente jamás vio la laguna véneta con sus propios ojos y sin embargo escribió personajes como el mercader de Venecia.
Mariano Fortuny Madrazo fue un artista total, un Leonardo da Vinci moderno
La lista de creadores inspirados por la ciudad de los canales es larguísima. Y en ella ocupa un lugar destacado un artista español más valorado en Italia que aquí. Es Mariano Fortuny Madrazo (1871–1949), último eslabón de una saga de pintores donde aparece su abuelo, José Madrazo, que se dirige al Prado, o su padre, Mariano Fortuny i Marsal, tan presente en las salas del MNAC. Y aunque Fortuny hijo también tomó los pinceles, lo cierto es que fue un artista total, un Leonardo da Vinci moderno, tal y como se revela en el Palazzo Pesaro degli Orfei, más conocido como Museo Fortuny. Un lugar que debería considerarse una visita obligada, más aún para turistas españoles.
Este palacio se remonta al siglo XV y sus dos fachadas góticas llaman la atención tanto junto a las aguas de Ca’ Michiel como en el Campo de San Beneto, no muy lejos del Gran Canal. La construcción nació como deslumbrante residencia de los Pesaro. Pero su suntuosidad desapareció con el tiempo, hasta convertirse en un inmueble compartimentado en viviendas para más de 300 vecinos y algún que otro taller artesanal.
Así lo conoció a Mariano Fortuny en 1898. Pero se enamoró del sitio y alquiló una buhardilla para usarla como estudio. Desde ahí, su fascinación no dejó de crecer. Así que poco a poco lo adquirió íntegramente, al mismo tiempo que derribaba tabiques y lo reformaba hasta convertirlo en un amplio lugar de trabajo y la vivienda que compartió con Henriette Nigrin.
De ese matrimonio y de sus creaciones se hace eco el Museo Fortuny. Ahí se plasma el eclecticismo de sus propietarios, en especial de Mariano Fortuny, cuyas pinturas cuelgan en las paredes, muy cerca de las numerosas fotografías que realizaron a lo largo de los años. Fotos para las que no dudaba en inventar nuevos recursos técnicos e incluso patentó un papel de revelado especial y apropiado para sus imágenes.
No es esta su única patente. Fortuny también concibió diversas escenografías teatrales y de ópera. Y para esos montajes ideó la conocida como cúpula Fortuny, gracias a la cual se empleaba la novedosa luz eléctrica sobre un escenario creando efectos casi mágicos para los primeros años del siglo XX. Un mecanismo escénico que se expandió por los teatros del medio mundo durante las siguientes décadas.
Y también en el campo de la iluminación, su carácter multidisciplinar se orienta hacia el diseño de lámparas elegantes. Imaginó modernas luminarias que difuminaban o expandían la luz gracias a tulipas de textiles impresos y pintados. Entre las más icónicas surge la exótica lámpara de techo Scheherazade reconocible por sus diseños florales. Al igual que es inconfundible la lámpara Fortuny que con sus tres patas metálicas y su semiesfera alumbró las casas más opulentas de la belle époque europea.

Lámparas excepcionales, soluciones escenográficas nunca vistas, diseños avanzados a su época, pinturas en forma de retratos o naturalezas muertas, fotografías en los inicios del octavo arte y una colección de artes decorativas dignas de los mejores museos. Todo ello se integra en el recorrido por el palacio y fue lo que proporcionó un aura de glamur a la pareja. Si bien, su mayor éxito comercial y artístico lo alcanzarán en el terreno de la moda.
Así que no es raro que sus telas, ropas y diseños tengan un papel protagónico en el museo. Son diseños únicos y solo posibles gracias a la conjunción del espíritu innovador de Mariano con el oficio de modista que Henriette había ejercido en París. Con esos mimbres se maravillaron en su momento tanto por su estética como por su audacia. E incluso son motivos de inspiración para diseñadores actuales, como ocurre con su exquisito vestido plisado llamado Delfos.
Se trata de un modelo femenino inspirado en la estatua griega el Auriga de Delfos, descubierta pocos años antes de que la prenda saliera al mercado hacia 1907. El éxito fue abrumador y no hubo celebridad de la época que no quisiera lucirla. Un diseño que pasó a engrosar el número de patentes de Fortuny. Si bien él mismo reconoció que la autoridad era de su esposa. Una prueba más de la estrecha colaboración que mantiene el matrimonio.
La compenetración creativa entre Mariano y Henriette es evidente en otros textiles expuestos en el museo. Juntos idearon estampados donde fundían influencias clásicas, orientales, florales o de recuerdo renacentista para adornar seda, tafetán, terciopelo, algodón o satén. Pero su inventiva fue más allá de la estética. Se sabe que Fortuny pasó horas experimentando con tintes extraídos de vegetales o insectos, e ingeniando máquinas capaces de materializar texturas y formas inéditas. Todo con un único objetivo, producir prendas que luego vendían en boutiques abiertas no solo en Venecia, también en Nueva York o en París.

En definitiva, el Museo Fortuny descubre el trabajo de un español que se desarrolló en Italia para convertirse en un hombre del Renacimiento. Si bien nunca olvidó su país de origen. A su muerte en 1949 donó sus creaciones y su palacio al Estado español. No obstante, semejante legado fue rechazado. De manera que, al fallecer su viuda, en 1965, todo recaló en manos del Ayuntamiento veneciano con el compromiso de usar el inmueble sólo para fines culturales. Así sigue hoy, y con más brillo que nunca tras una reciente renovación integral que ha colocado el museo entre los más interesantes de Venecia. El mejor lugar para descubrir a un personaje que lamentablemente no es tan conocido en su tierra como debía.
La fábrica Fortuny
Si el Palazzo Fortuny es una visita obligada, quien desee saber más sobre el artista debe acudir a la isla de Giudecca, al sur de la Venecia monumental. Ahí permanece en funcionamiento la fábrica textil que abrió el español en 1921. Si bien sus propietarios actuales no tienen nada que ver con esa familia, aunque sí han sabido respetar su figura. Por ese motivo producen sus telas con las técnicas secretas y las máquinas que inventó el creador de origen granadino. En definitiva que el arte del matrimonio Fortuny-Nigrin se mantiene vivo a día de hoy gracias a tejidos que siguen maravillando en las boutiques más exquisitas del mundo y por supuesto en el propio showroom de la fábrica abierto a las visitas.
