Yo me alegre de que el perro Boro haya sido localizado tras cuatro días sin noticias, vuelva a estar con los suyos –bastante desgracia tienen, con el trauma del choque y una hermana en la uci– y la historia para ellas terminase bien. Dicho esto: si Boro fuese militar y no canino, le caería ahora un consejo de guerra de los que hacen época…
Vayamos a los hechos. Boro viajaba con su dueña y la hermana de esta en uno de los trenes siniestrados en Adamuz. Sucede el choque y Boro se da el piro, reacción comprensible aunque tampoco sea para tirar cohetes. ¿Volvió en busca de su dueña pasadas las horas? Todo lo contrario. Fue ella quien lanzó una petición desesperada, una vez la vida de su hermana ya no corría peligro. Se movilizan 200 personas –no todas por devoción–, pero ni rastro de Boro, a saber si la mar de feliz por su vida en libertad plena. Al final, un concejal de Adamuz tuvo el acierto de ofrecer a su perra, en celo, y en un plis plas, allí apareció Boro cual Arturo Fernández. Esto lo hace un marido y lo ingresamos en Soto del Real…
Boro desmerece el mito de la fidelidad perruna: no hizo nada por encontrar a su dueña…
Los perros siempre han tenido prestigio y reconocimiento por su supuesta –y contrastada– fidelidad a sus dueños. ¿Acaso los san bernardo se pimplaban el coñac con las san bernardas en lugar de buscar a su amo, sepultado por un alud, y jugarse el tipo para portarle la revitalizante bebida? A eso le llamo yo fidelidad perruna, como la del mítico Hachiko, diez años yendo cada día a esperar a su dueño en la estación de metro de Shibuya en Tokio. El hombre, un profesor de universidad, murió repentinamente en el trabajo, pero Hachiko acudió al reencuentro en la hora habitual de retorno hasta su propia muerte. Incluso yo habría contribuido a erigire esa estatua que embellece uno de los rincones más fascinantes de Tokio…
Y ya no digamos el mito de Su voz maestra (la voz de su amo). Frente a las glorias caninas del mundo, el pancho de Boro pasará a la historia de la infamia perruna por su escaqueo. ¿Él no lo haría? Pues vaya si lo hizo el muy pichabrava, que debía de pensar al intuir pareja: ¡esto es vida! ¿Será Boro una excepción o es el resultado de la generación de perros más mimados de la historia?

