El miedo al ridículo es el gran saboteador silencioso de aquello, el intruso que nadie invita pero que llega primero.se instala en el borde del catre y observa con una severidad invisible todo lo que ocurre en el departamento inferior, no para participar, sino para evaluar. Porque el problema nunca ha sido el cuerpo –ese animal antiguo que sabe lo que tiene que hacer desde antes de que existieran los manuales, las comparaciones y las inseguridades–, sino la conciencia, ese supervisor inoportuno que exige desempeño donde debería haber abandonado, eficacia donde debería haber presencia y resultados donde bastaría con el simple y suficiente hecho de estar.
LEA TAMBIÉN
El miedo al ridículo convierte aquello en examen, el deseo en prueba y el encuentro en evaluación. Y entonces el cuerpo, que es sabio pero no es valiente, empieza a obedecer órdenes contradictorias: fluye y se contiene, avanza y se vigila, siente y se corrige. Nada envejece más rápido el deseo que la sospecha de estar siendo medida, incluso cuando el único juez es uno mismo.
Porque el ridículo no es una reacción externa, es una anticipación interna que se infiltra en la piel y le roba su espontaneidad. Se teme fallar, no estar a la altura de una expectativa que nadie ha formulado con claridad, pero que todos han heredado de relaciones ajenos, de estándares invisibles que nadie cumple y que todos respetan. En ese estado, el cuerpo deja de ser territorio y se convierte en instrumento, deja de ser presencia y pasa a ser evidencia. Y lo verdaderamente ridículo no es el temblor, ni la torpeza, ni la vacilación inevitable de todo encuentro humano, sino la pretensión de perfección, esa impostura rígida que convierte el aquello en una representación gris y sin alma.
LEA TAMBIÉN

En este contexto es válido decir con claridad que el goce no necesita exactitud, necesita permiso. Permiso para ser imperfecto, incierto, incluso para ser breve o inesperado. Porque el cuerpo no fracasa cuando no cumple un ideal, fracasa cuando deja de sentirse libre.
Y es en ese instante cuando el miedo se retira aunque sea por un momento, aquello recupera su única dignidad posible: la de no tener que demostrar nada. Porque la mejor faena no es la que impresiona, sino la que no necesita explicarse después. Y en ese olvido compartido, breve y suficiente, las partes vuelven a ser cuerpos y sin argumentos, presencia y no desempeño, instante y no historia. Ahí termina el miedo. Y empieza, por fin, la verdad.
Tal vez por eso quienes han perdido el miedo son los más honestos: aquellos que han comprendido que acostarse con alguien no es un espectáculo, sino un refugio. Y que en ese refugio, cuando nadie compite y nadie observa, el cuerpo deja de ser una promesa y se convierte en una forma suficiente de existir. Ahí, sin público ni memoria, el aquello deja de fingir y empieza a ser una deliciosa verdad. Hasta luego.
LEA TAMBIÉN

ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO
