Chile es un país que está siempre en tensión y atención a los desastres naturales, emergencias y catástrofes. Lamentablemente, nos enfrentamos a una nueva catástrofe: los incendios que se viven por estos días han sido un verdadero desastre. En otras zonas del mundo, los desastres responden a guerras y conflictos internos; en nuestro país, a la naturaleza y lamentablemente a la mano del ser humano. Pero la fotografía es la misma: casas destruidas, familias buscando refugio, animales heridos, muertes, desolación.
De la mano del desastre aparece la ayuda genuina y voluntaria. Las campañas de acopio inundan todos los espacios, las organizaciones todas queriendo aportar y ayudar. Es, sin lugar a dudas, lo humano dentro del desastre.
Es importante organizar la ayuda. Es cierto que existe voluntad y fuerza, pero para que tenga real sentido, hay que organizarla; detenernos, aunque parezca improductivo; observar, planificar y actuar. La profesión del trabajo social, como pocas, juega un rol fundamental: conoce los territorios, está capacitada para organizar la ayuda, tiene cercanía con la comunidad, vincula redes y trabaja con entidades gubernamentales y no gubernamentales. Desarrollar competencias profesionales como la escucha activa, la empatía, la asertividad e intervención en crisis. Ojalá esto no hubiera ocurrido, pero ya estamos en ello y ahora hay que acompañar a las familias que lo han perdido todo. Se debe tener conciencia de que el apoyo debe ser durante la emergencia y post-emergencia.
Desde fuera es fácil criticar y decir: ¿cómo esas personas no obedecen a la orden de desalojo?, ¿cómo va a ser más importante lo material que la vida? Pero detengámonos un momento, no es desobedecer, es un estado de shock donde las personas se debaten en dejar atrás todo. Y ese todo es una historia de vida, no son las cosas materiales, son los aromas, las millas de experiencias que han construido allí, los esfuerzos, las alegrías, las penas. Todo parece desdibujarse por el fuego que no pide permiso, llega, entra y arrasa con todo. Abandonar el lugar también es abandonar una parte de su propia historia.
Las familias ven cómo el esfuerzo de toda una vida se reduce literalmente a nada, y luego viene el qué hacer, dónde ir, qué sucederá ahora. Junto con ello, viene la urgencia de resolver, pero ¿se puede resolver lo emocional tan rápidamente? Enfocarse en la tarea es un gran paso, pero se requiere también apoyo emocional, del espacio de contención sin juicios que permita fluir y hacer que toda esa angustia salga del cuerpo y que otro la sostenga. El sentir de cada persona además está atravesado por la edad cronológica: la persona de más edad es más fácil que caiga en desesperanza, los más jóvenes ponen la fuerza y el entusiasmo —esto no los detendrá y saldrán adelante—, y los niños, con su inocencia y genuina bondad, aunque asustados, dan luz al resto de las familias.
Acá, frente a esta gran crisis y catástrofe, no debemos olvidar lo humano. Veamos cómo bomberos, personal de salud, voluntarios acuden al rescate y ayuda; También debemos estar atentos a ellos, quienes sufren con el dolor, pero ahora lo deben dejar fuera pues deben apagar y controlar a este demonio, el fuego que inunda lugares insospecchados, que es impredecible, que los desafía como en una batalla que quiere ganar, pero que no podemos permitir que eso suceda.
Chile ha avanzado en la prevención de desastres, pero aún hay mucho espacio para aprender: falta la promoción de la cultura de la prevención. En el tema de los incendios se requiere mayor trabajo coordinado, desde mapear las rutas de salida, desde dónde refugiarse, tener en los municipios la georeferenciación de las personas de grupos vulnerables para ir en apoyo. Las juntas de vecinos, la organización de las localidades y territorios son vitales. De esta forma, trabajando juntos, coordinados, se pueden lograr grandes aciertos. No es el tiempo de criticar; es el tiempo de organizar, planificar, actuar, acompañar y sostenernos. Y en el centro, el trabajo social: un faro en la oscuridad.

