Hace unos días le pregunté a un amigo que desarrolla su actividad en el ámbito económico cuál era el principal factor económico de la guerra en Irán que más le preocupaba y que podía afectar a la economía de todo el planeta. Su respuesta fue el tiempo, la duración del conflicto. Argumentó que la subida del precio de los combustibles, la escalada de la guerra en Oriente Medio, el colapso en el estrecho de Ormuz o los ataques a las reservas de gas en Qatar o de petróleo en la isla de Jarg, en Irán, siendo importantes, resultan menos significativos que la imposibilidad de establecer cuánto tiempo durará la guerra.
Esta observación, atinada, no busca tanto establecer la capacidad que tiene el tiempo de debilitar la posición de los contendientes si el conflicto se perpetúa –como ocurrió en la invasión napoleónica de Rusia o en la batalla de Stalingrado– como señalar su capacidad para erosionar la confianza, la estabilidad, la seguridad y la certeza, que son las bases del desarrollo económico.
Si prestamos un poco más de atención al factor tiempo, nos percatamos de que la guerra en Irán es un gran error, pues lo que desgasta a Estados Unidos e Israel ante el mundo no es que su enorme fuerza militar no consiga doblegar al régimen iraní, sino que no pueden asegurar cuándo lo conseguirán ni el coste humano y material que están dispuestos a afrontar.
El reloj digital de la guerra de Trump parece dislocado, sin precisión ni exactitud
El reloj digital de la guerra de Trump parece dislocado, sin precisión ni exactitud, asemejándose más a un reloj de arena roto que derrama su polvo de mármol sobre la mesa de trabajo del despacho oval de la Casa Blanca. Resulta una terrible paradoja que las bombas teledirigidas y los misiles estén regulados por temporizadores, y que los ataques se realicen sincronizando los horarios de Tel Aviv, Washington y Teherán –que va una hora y media por delante de Israel–. Resulta revelador que Occidente está en el año 2026, mientras que en Irán es el año 1404, al basarse en el calendario islámico, que comienza en el año 622 dC.
El señalamiento que hace Donald Trump sobre la duración de la guerra, al declarar que será de “cuatro o cinco semanas”, se torna caprichoso al chocar con la determinación de Irán de prolongar la contienda. Adquiere incluso tonos de tragedia bufa al constatar que el primer ultimátum de cinco días dado por Trump fue anticipado por los operadores de materias primas, que, quince minutos antes de su anuncio, ejecutaron operaciones por valor de 650 millones de dólares en derivados a favor de la caída del petróleo. Una secuencia de acontecimientos que permite comprender que el tiempo en la guerra, una vez que esta empieza, ya no le pertenece a nadie.
