El año no empieza, se desespera. Se mueve, confunde horarios y todavía lento no decide si levantarse o darse la vuelta otro rato. Todo funciona a media máquina: hay quienes siguen en vacaciones, quienes trabajan sin demasiada fe y quienes no saben si ya están viviendo el año nuevo o si todavía reaccionan con reflejos del anterior. En ese limbo también extraño anda el departamento inferior, que no es ingenuo y entiende que enero temprano no es terreno para exigencias ni equilibrios. El aquello mira el calendario, hace un gesto ambiguo y prefiere esperar.
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En estos días, el catre no está para hazañas ni demostraciones. No es pista de atletismo ni escenario de rendimiento. Es, en el mejor de los casos, lugar posible. Hay momentos en que no se quiere, así de simple, sin tragedia ni diagnóstico. Y hay otros en que se quiere con intensidad, con ganas claras, con ese entusiasmo corporal que aparece cuando le da la gana. Ambas cosas son normales, aunque a muchos les incomode aceptarlo.
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Pretender que el deseo sea constante, ordenado y eficiente es una fantasía administrativa que suele fracasar rápido. Enero trae una trampa discreta: cree que ya hay que estar funcionando “como toca”. Que la cama debe recuperar el ritmo, que aquello debería responder y que el catre no admite pausas. Pero la vida –esa señora sin tacto– se mete bajo las sábanas con calor, cansancio, pensamientos sueltos, cuentas pendientes y dolores varios. El cuerpo recibo acusa. El departamento inferior también. Forzar la máquina en este punto es como pedir lucidez a un “guayabo”: posible, pero poco elegante.
Este tramo del año tiene una virtud poco celebrada: baja la presión. Nadie está del todo listo, nadie tiene el pulso fino y nadie debería fingir entusiasmo permanente. Hay días en que apenas alcanza para compartir el tendido, el silencio, una risa distraída o simplemente quedarse ahí sin mayor ambición. Y eso también cuenta, aunque no se publique ni se narre.
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Conviene entender algo básico y liberador: a veces no se quiere, y está bien. Otras veces se quiere mucho, con ganas francas, y también está bien. El problema comienza cuando se convierten las ganas en obligación, en indicador de desempeño o en motivo de angustia innecesaria.. El aquello no responde bien a la ansiedad ni a las metas heroicas; Funciona mejor cuando se le deja tranquilo, cuando no se le persigue y cuando se le permite aparecer –o no– sin drama.
Todavía es enero desperezándose. Todo está tibio, incluido el sexo. No se angustien. Disfruten cuando se pueda, aflojen cuando no y recuerden que no todo tiene que arrancar al mismo tiempo. A veces empezar bien es simplemente pasarla bien mientras el año termina de abrir los ojos. Hasta luego.
Esther Balac
Para EL TIEMPO
