Primero la paradoja: para todos mis amigos (acomodados y gualtrapas) viajar es un derecho irrenunciable, tan cierto como que ninguno de ellos se reconoce propiamente como turista y que todos viven con preocupación los efectos negativos de esta actividad. Unos viajan de congreso y ya que van… alargan un par de días. Otros no quieren perderse la última gira de Taylor Swift y, ya puestos, aprovechan para conocer cómo es la primavera en Estocolmo. También los hay que siguen ansiosos las grandes exposiciones del año que, según ellos, “no se pueden perder”, y, cómo no, algunos justifican subirse a un avión por la necesidad de aprender y contemplar in situ el último glaciar o el país emergente del momento. El caso es que todos viajan casi tanto como desprecian la masificación, la banalidad y el calentamiento del planeta.
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