Ubicada en la colonia Mariscal, zona 11 de la ciudad de Guatemala, Esquipulitas es uno de los puntos de encuentro para la devoción a Nuestro Señor Jesucristo Crucificado de Esquipulas. Es un lugar donde la fe encuentra hogar para quienes no pueden viajar hasta Chiquimula y desean peregrinar y celebrar al Cristo Negro.
Cada enero, mientras millas de fieles emprenden el tradicional peregrinaje hacia Esquipulas, en Chiquimula, otros tantos encuentran un espacio de encuentro espiritual más cercano: la parroquia de Esquipulitas. Este santuario urbano se ha consolidado como un lugar de fe viva para quienes, por distintas razones, no pueden llegar al oriente del país.
“La devoción al Señor de Esquipulas en zona 11 no solo se ha mantenido, ha crecido con el tiempo”, destaca Luis Fernando Gil, integrante del Consejo Parroquial de la parroquia de Esquipulitas.
Lo que hoy se conoce como Esquipulitas comenzó a gestarse a mediados del siglo XX, cuando la finca Las Charcas —antiguamente propiedad de la familia Piñol y Batres—, que abarcaba las actuales zonas 11 y 12, fue lotificada y dio origen a la colonia Mariscal, destaca Gil.
El diseño de esta urbanización, inspirado en el estilo francés, incluyó calles diagonales que confluyen en un redondel central. Fue precisamente en ese punto neurálgico donde los vecinos católicos empezaron a reunirse en una galera improvisada para participar en misas ocasionales, celebradas por sacerdotes de la parroquia San Cristóbal, ubicada en la colonia Roosevelt, entonces considerada iglesia madre del sector.
La llegada de una primera imagen de Cristo crucificado marcó el inicio de una devoción local que crecería con el tiempo. La familia Dorión, encargada del proyecto de lotificación, donó el terreno para la construcción del templo actual, y en los años sesenta arribó una réplica del Señor de Esquipulas. Así nació la comunidad conocida popularmente como Esquipulitas, relata Gil.
Segunda republica de Nuestro Señor Jesucristo Crucificado de Esquipulas ubicado en la entrada de la parroquia de Esquipulitas. (Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)
De galería a parroquia: historia de un santuario urbano
La transformación de una vecina capilar en parroquia se formalizó el 30 de octubre de 1966, durante la festividad de Cristo Rey. Desde entonces, Esquipulitas se ha convertido en un punto de referencia para la religiosidad popular en la capital.
El comunicador católico Alberto Salazar recuerda que, en sus inicios, la imagen venerada no era negra, sino morena, y que fue el vecino y periodista Rodulfo Figueroa Guillén quien impulsó la construcción del templo y su dedicación al Señor de Esquipulas. La comunidad, con esfuerzo y fe, logró edificar un templo más amplio que respondiera al crecimiento de los feligreses y al arraigo devocional.
Con el paso de los años, la devoción trascendió los límites del barrio. Personas de distintas zonas comenzaron a asistir cada 15 de enero a la celebración patronal, que incluye feria, actos litúrgicos y expresiones culturales. El espacio se consolidó como una opción para vivir la fe sin necesidad de recorrer largas distancias.

Imagen de la construcción de la Parroquia de Nuestro Señor Jesucristo Crucificado de Esquipulas. (Foto Cortesía: Luis Fernando Gil)
Un símbolo religioso que trasciende fronteras.
Según el historiador y antropólogo social Mauricio Chaulón, el culto al Señor de Esquipulas es una de las devociones más significativas de Guatemala. La imagen original, tallada en 1595, fue colocada en el poblado de Esquipulas —entonces un importante centro comercial colonial que conectaba lo que hoy son Guatemala, El Salvador y Honduras—.
En ese contexto, surgieron prácticas religiosas que mezclaban elementos cristianos con cosmovisiones indígenas asociadas a la noche y la regeneración. Chaulón explica que el ennegrecimiento progresivo de la imagen, provocado por el humo de velas e incienso, facilitó esa integración simbólica, generando un sincretismo que fortaleció su aceptación popular.
“La devoción se expande por toda Guatemala y más allá, hacia El Salvador, Honduras, México y Estados Unidos, impulsada por migrantes y comunidades católicas en el extranjero”, subraya Chaulón.
El culto se multiplicó por medio de réplicas de la imagen original en templos del país. Una de las más importantes es la de Esquipulitas, donada por monseñor Mariano Rossell y Arellano, quien —antes del cardenal Casariego— promovió una peregrinación nacional con imágenes del Señor de Esquipulas. La réplica de la parroquia Mariscal se considera hoy la principal en la ciudad capital.
Celebrar la fe: identidad y comunidad
Esquipulitas no solo acoge a los fieles el 15 de enero. También ofrece un espacio constante de oración, reflexión y encuentro, con las puertas siempre abiertas. A diferencia de la tradición chiquimulteca, aquí no se realiza procesión ni andas, ya que los devotos llegan directamente al templo para rendir homenaje y agradecer los favores recibidos.
Cada año, la celebración patronal incorpora elementos de la cultura popular: fuegos artificiales, venta de alimentos típicos, bendición de réplicas y música. La feria, además de su componente religioso, genera un impacto social y comunitario.
“Estas celebraciones evocan las antiguas fiestas patronales coloniales, donde la religión se fusionaba con la vida comunitaria”, apunta Salazar.
“Fortalecen la cohesión, promueven identidad local y ofrecen un espacio para convivir, incluso para quienes no comparten la fe católica”, añade Chaulón.
Este año, la parroquia conmemorará los 60 años de su elevación como tal. La imagen del Cristo Negro, réplica de la venerada en Chiquimula, permanece como símbolo de una fe que —desde una esquina de la zona 11— ha sabido florecer, crecer y trascender generaciones.

Imagen de los devotos que llegaron en Peregrinación a la Parroquia de Nuestro Señor Jesucristo Crucificado de Esquipulas. (Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)
