Dormir bien no es un lujo ni una elección secundaria: es una necesidad biológica fundamental para la salud física, mental y emocional. Sin embargo, más del 40% de la población mundial padece algún trastorno del sueño, una cifra que evidencia la magnitud de un problema que, lejos de disminuir, se ha convertido en una constante en la vida moderna.
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De acuerdo con expertos, el descanso adecuado impacta de manera directa múltiples dimensiones de la vida. No solo mejora el rendimiento diario, sino que reduce el riesgo de enfermedades graves como el Alzheimer, el Parkinson, el ictus y otros trastornos neurológicos. Además, el sueño cumple un papel clave en la recuperación del organismo frente a enfermedades, en la reposición de energía para quienes realizan actividad física y en aspectos como la salud sexual.
El sedentarismo y la ansiedad impiden dormir bien a millones de personas en el mundo. Foto:iStock
La importancia del sueño es aún mayor en los jóvenes entre los 20 y 25 años, etapa en la que el cerebro alcanza su madurez. Durante este período, lograr un descanso adecuado es determinante, ya que influye en el desarrollo cognitivo, emocional y comportamental.
“El cuerpo, mientras dormimos, se convierte en un taller de tecnología idóneo para la salud”, explica Máncel Martínez, director de la especialización de Epidemiología de la Fundación Universitaria Juan N. Corpas, quien detalla que durante el sueño ocurren procesos esenciales para el organismo. En el plano físico, se libera la hormona del crecimiento, se reparan tejidos y el sistema inmunológico se fortalece para combatir virus, bacterias, hongos y células senescentes.
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En el ámbito mental, el cerebro realiza una especie de limpieza profunda. Según el especialista, las neuronas se codifican para permitir que otras células, como los astrocitos, eliminen toxinas acumuladas a través del sistema glinfático. Este proceso es crucial, ya que su interrupción incrementa el riesgo de enfermedades como obesidad, diabetes, demencias y trastornos de ansiedad, además de acelerar el envejecimiento.
El impacto del sueño también se refleja en el desempeño académico. Durante el descanso se consolida el aprendizaje, y procesos como la “poda sináptica” —la eliminación de conexiones neuronales innecesarias— permiten optimizar la memoria y la concentración. Sin embargo, la falta de sueño profundo afecta directamente estas funciones, generando dificultades de retención, problemas de atención e inestabilidad emocional.
Entre los 20 y 25 años, el descanso adecuado es determinante para la maduración cerebral. Foto:iStock
En este contexto, los hábitos digitales juegan un papel determinante. Una parte significativa de la población consume entre dos y cuatro horas de contenido en pantallas antes de dormir, lo que reduce la duración del sueño a menos de seis horas y deteriora su calidad. Este comportamiento resulta especialmente crítico en etapas de desarrollo cerebral, donde se consolidan hábitos que marcarán el futuro biológico y conductual de las personas.
A esta problemática se suman diversos factores que actúan como “ladrones del descanso”. El estrés crónico mantiene al sistema nervioso en un estado de alerta permanente que dificulta la relajación. Los horarios irregulares, el sedentarismo y la falta de actividad física también inciden negativamente, ya que el cuerpo no experimenta la necesidad biológica de recuperarse durante la noche.
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La exposición a la luz artificial, en especial la luz azul de dispositivos electrónicos, altera la producción de melatonina, la hormona responsable de inducir el sueño. Asimismo, el uso intensivo de redes sociales genera picos de dopamina que mantienen la mente en un estado de hiperestimulación, contrario a la calma necesaria para conciliar el sueño.
El problema ha alcanzado tal nivel que fenómenos como los “microsueños” al volante o la llamada “procrastinación de venganza” —permanecer despierto para recuperar el tiempo libre— se han vuelto comunes. Estas prácticas representan riesgos importantes, ya que permanecer despierto entre 17 y 19 horas seguidas produce un deterioro cognitivo comparable a tener un nivel de alcohol en sangre de 0,05 % o más. En términos prácticos, conducir sin haber dormido equivale a manejar bajo los efectos del alcohol.
No tener un buen ciclo del sueño puede provocar ojeras, aumentos, arrugas y tez amarillenta. Foto:iStock
Frente a este panorama, los expertos advierten que es importante identificar cuándo los problemas de sueño requieren atención profesional. Algunas señales de alerta incluyen tardar más de 30 minutos en conciliar el sueño de manera habitual, despertarse varias veces durante la noche sin poder volver a dormir, roncar excesivamente o experimentar sensación de ahogo, así como presentar un cansancio diurno que afecta el estado de ánimo, el desempeño académico o laboral, o la seguridad al conducir.
También se considera preocupante el uso prolongado de pantallas antes de acostarse, especialmente cuando supera una hora. Para mejorar la calidad del descanso, los especialistas recomiendan adoptar hábitos de higiene del sueño. Entre ellos, establezca una rutina fija para acostarse, desconectarse de dispositivos electrónicos al menos una hora antes de dormir, mantener la habitación oscura, fresca y en silencio, y evitar el consumo de comidas pesadas, cafeína, alcohol, cigarrillos o vapeadores antes de acostarse.
Asimismo, exponerse a la luz natural en las primeras horas del día contribuye a regular los ritmos circadianos, facilitando el descanso nocturno. “Dormir bien es la inversión con mayor retorno que puedes hacer, junto con la actividad física regular. El cerebro necesita ese tiempo para limpiarse y crecer”, concluye Martínez, quien hace un llamado a priorizar el descanso en medio de una sociedad que cada vez duerme menos y se exponen a mayores riesgos para su salud.
EDWIN CAICEDO
Periodista de Medio Ambiente y Salud
@CaicedoUcros
