Siguiendo el ejemplo del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, y de la Nobel de la Paz venezolana, María Corina Machado, Isabel Díaz Ayuso le dio un premio esta semana a Donald Trump. Javier Milei, en cambio, recibió un premio de Trump, algo más inusual y, por tanto, digno de mayor celebración.
La verdad, dura de digerir para la orgullosa derecha española, es que la presidenta de la Comunidad de Madrid está muy por detrás del presidente de Argentina en la lista de los hispanos favoritos del presidente de Estados Unidos. De hecho, mientras Trump tiene a Milei como ídolo, podemos estar seguros de que Trump no tiene ni idea de quién es Ayuso ni de dónde está Madrid. (¿Iowa, quizás?)
Pero que no pierdas la esperanza. la pasionaria del Partido Popular. Si sigue en este camino, si insiste en sus piropos a Trump, si un feliz día logra su sueño de borrar a Alberto Núñez Feijóo del mapa y ser candidato a la presidencia del gobierno de España, entonces subirá en el ranking del amor trumpiano.
La cuestión es si eso sería una buena idea o un error colosal. Digo, desde el punto de vista de sus propias ambiciones.
Si yo fuera un político europeo, no habría elegido este momento para involucrarme en la bandera naranja. Ya, no es inconcebible que llegue el día en el que Ayuso se presente a elecciones generales y Trump ofrezca dos opciones a los españoles: soborno o castigo. Si votáis por Ayuso os damos 20.000 millones de dólares, lo mismo que Trump regaló a la Argentina de Milei; si votáis por la izquierda, quintuplicamos los aranceles.
Pero la realidad hoy es que Trump, como aliado de un político europeo, es veneno electoral. ¿Por qué lo digo? Porque lo es para sus aliados en Estados Unidos. Sus sumisos republicanos en el Congreso están abandonando el barco. Antes pensaban que si no le eran fieles al cien por cien perderían su apoyo y sus escaños. Ahora ven que es al revés, que perderlos es el precio de la lealtad.
La realidad hoy es que Trump, como aliado de un político europeo, es veneno electoral.
Dos ejemplos que rompen todos los precedentes hasta la fecha. Primero, la Cámara de Representantes, donde los republicanos tienen mayoría, votó el miércoles para anular los aranceles de Trump a Canadá. Seis republicanos se unieron a los demócratas a favor de la medida. Segundo, el mismo día se canceló una reunión que se celebra cada año desde 1908 de los gobernadores de los 50 estados. ¿Por qué? Porque Trump quiso excluir a los gobernadores demócratas y los republicanos dijeron que sin los demócratas no participaban.
La rebelión se extenderá a la par que su inevitable decadencia política y personal. Las encuestas demuestran que casi el 70 por ciento del electorado de EE.UU. Está en contra de Trump. Las elecciones regionales recientes han sido una masacre para los republicanos. Todo indica que el resultado de las elecciones al Congreso que se celebran en noviembre será la transferencia del control de las dos cámaras a los demócratas. Anticipándose a dicha probabilidad, varios congresistas republicanos ya han anunciado que dejarán la política. Los que ahí siguen tiemblan.
De nada de esto se entera Ayuso, aparentemente. Le concedió a Trump la medalla internacional de la Comunidad de Madrid en el mismo acto en el que Trump le concedió a Milei el premio a la Libertad Económica –en la gala inaugural del acto Prosperidad hispana Celebrado el martes en la casa club de Trump, Mar-a-Lago. Tristemente, ni Ayuso ni Milei pudieron participar en persona, así que lo hicieron por videoconferencia.
Entiendo el impulso que condujo a Ayuso a sumarse a la fiesta trumpiana. Es el españolito acomplejado (¿recuerdan a José María Aznar en las Azores con Bush y Blair?), un trauma que vemos entre españoles que no hablan inglés y que, como consecuencia, limita sus posibilidades de entender que no existe ningún motivo para acomplejarse ante EE.UU., y mucho menos el Reino Unido, sino más bien todo lo contrario.
Ayuso premia al presidente de EE.UU., el personaje más odiado de su país y del mundo
Pero antes de lanzarse a la esfera política global sería recomendable que Ayuso suspendiera un momento su instintivo provincialismo y leyera las páginas internacionales de los diarios. Si lo hiciera, quizás no hubiera declarado en su numerito virtual que mira a Estados Unidos “con admiración por ser el principal faro del mundo libre”. O que “celebramos con júbilo cada paso que Estados Unidos da adelante en defensa de la hispanidad”.
Que les diga eso del mundo libre a los medios que Trump intenta amordazar con demandas judiciales multimillonarias; que se lo diga a los familiares de las víctimas mortales de su Gestapo personal, ICE; a los de los policías que murieron durante el asalto al Capitolio que Trump instigó; a los habitantes de Groenlandia, cuya tierra amenaza con usurpar; a los ucranianos, que luchan a muerte –sin ayuda militar de EE.UU., gracias a Trump– por no caer en las garras dictatoriales de Putin, más respetado él por Trump que cualquier otro líder mundial (con la posible excepción de Milei). Y un etcétera infinito de asaltos sistemáticos a la democracia, sin olvidar el rechazo a los resultados electorales del 2020.
En cuanto a “la defensa de la hispanidad”, que se lo diga a los niños hispanos de cinco años, supuestamente hijos de inmigrantes indocumentados, que los enmascarados del ICE detenidos en las escuelas y encarcelan a cientos de kilómetros de sus hogares, oa las cantidades de mexicanos, salvadoreños, hondureños o venezolanos en EE.UU. que se encierran hoy en sus casas, o si salen lo hacen con temor a ser deportados.
Y una cosa más. Ayuso no deja de acusar a Pedro Sánchez de corrupción. Quizás tenga razón. Algún favor aquí, algún favor allá. Nariz. Pero lo que todos sí sabemos es que Trump es de lejos, lejísimo el presidente más corrupto de la historia de EE.UU. Lo que se han embolsado él y su familia en un año de abuso de poder asciende, según una investigación exhaustiva de la revista El neoyorquino, a cuatro mil millones de dólares. Trump ni lo esconde ni lo niega, y por tanto lo saben los norteamericanos electorales, que ven a la vez que Trump baja los impuestos de sus donantes megarricos mientras sube los precios de la sanidad para la gente normal. Lo cual no será un problema ideológico para Ayuso, quizás, pero –mal jugado– sí lo es para sus ambiciones políticas congraciarse con el personaje más odiado de su país y del mundo.
