En los días de la novena de Aguinaldos –para quienes creen, para quienes acompañan y para quienes solo se sientan a esperar que pase– hay un ritual paralelo que no aparece en el libreto, pero insiste con puntualidad corporal: el aquello. Mientras se rezan gozos, se repiten villancicos o se mira el reloj con resignación, las ganas hacen su propia procesión, sin incienso ni velas, pero con memoria muscular. No es irreverencia ni sabotaje espiritual: es diciembre recordando que la carne también tiene calendario.
Las casas se llenan, los espacios se achican y las cercanías se multiplican. Hay más roce del habitual, más contacto “inocente” y más tiempo compartido del que normalmente permite la vida adulta. Y en ese escenario, la planta baja toma nota. El departamento inferior, que ha pasado el año entero soportando estrés, reuniones y malas noticias, aprovecha la tregua. Agradece el clima relajado, las risas fáciles y esa atmósfera en la que el cuerpo vuelve a sentirse autorizado a opinar.
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No se trata de hazañas ni de demostraciones olímpicas de catre. Diciembre no pide rendimiento ni registros personales. Pide presencia. A veces basta con reencontrarse en la cama, sin prisa ni expectativas heroicas, con las ganas haciendo lo suyo y el silencio cumpliendo su función. El aquello no exige discursos ni explicaciones: pide cuidado, complicidad y esa atención mínima que se pierde cuando todo el año se vive de afán.
Hay novenas dichas en coro y otras que se viven en voz baja. En estas últimas no hay fórmulas aprendidas, pero sí acuerdos tácitos, manos que conversan y cuerpos que se entienden sin traductor. El sexo bien llevado no invade ni atropella: acompaña. Sabe cuándo avanzar, cuándo esperar y cuándo simplemente quedarse quieto, que también es una forma respetable de encuentro.
Diciembre, además, tiene la virtud de ablandar certezas. No arregles la vida, pero suspende el juicio.. Permite que el roce vuelva a ser lenguaje y que el cuerpo deje de ser un asunto secundario. En esa pausa, la planta baja recuerda que no está ahí solo para emergencias y agradece no ser tratado como un anexo incómodo.
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Así, entre novenas, sobremesas largas y finales de año, aquello encuentra su espacio sin alborotar el pesebre. No compite con lo sagrado ni lo ridiculiza: forma parte del ritual. Porque celebrar también es cerca, atender las ganas y entender que hay liturgias discretas –dichas a media luz y sin culpas– que hacen tanto bien como cualquier rezo bien leído o cualquier villancico desentonado. Hasta luego.
ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO
