Con un bombo, Valeria González marca el ritmo de los cantitos de una inusual barra femenina en un estadio de Colombia, donde grupos de hinchas se organizan para desterrar el machismo del fútbol.
“¡Uno, dos, tres!”, grita Valeria y va contando hasta una vez en honor al nombre de su equipo durante un partido en Manizales, rodeada de mujeres que aspiran un día a festejar y asistir sin miedo a los templos del fútbol.
Al ritmo de González, de 27 años, cantan millas de hombres y mujeres hinchas del Once Caldas en el estadio Palogrande. En la barra femenina las respaldan compañeras de las Futboleras y Fortineras, integradas por unas cuarenta mujeres del club campeón de la Copa Libertadores en 2004.
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“Estudié arquitectura, pero a mi abuelita siempre le digo que cuando le preguntan ‘¿qué hace su nieta?’ diga que yo soy barra porque lo de arquitecta es un hobby”, dice González antes de entrar al partido de la liga local armada con gigantescas banderas del Once que cuida como un tesoro.
En medio de la fiesta de instrumentos y banderas, algunos hinchas dicen haber sido víctimas de actos abusivos, por lo que su objetivo es construir un espacio seguro, en línea con iniciativas presentes en Brasil y en Chile.
En Colombia existe una decena de estos grupos desde 2004 que apoyan clubes como Independiente Medellín, Deportivo Pereira, América de Cali y Santa Fe.
La médica Natasha Peláez encontró respaldo en estas agrupaciones luego de denunciar que un fanático del club la tocó sin su consentimiento. “Me uní a las Futboleras y me fui ganando un espacio dentro de la barra, sentí que por fin pertenecía a algo”, afirma.
Desde la conformación de la barra intentaron cambiar la mentalidad de los hombres y detener prácticas como la utilización de sus parejas para introducir objetos –muchas veces o drogas– a los estadios escondidos en sus partes íntimas.
También promueven un cambio en los cantitos. Rechazan, por ejemplo, la expresión “puta de cabaret” usada por los hinchas del Once para insultar a los jugadores rivales.
Esos dichos “los reemplazamos con frases más neutrales, porque podemos alentar con la misma pasión sin insultar nuestro género”, cuenta María José García, integrante de Fortineras.
En Cali, la enfermera Yinna Pito, de 33 años, trabajaba en un hospital a pocos pasos del estadio Pascual Guerrero, del América. Allí, cuenta, se acostumbró a atender a decenas de hinchas heridos en peleas entre barrabravas y ver casos de mujeres drogadas contra su voluntad para ser abusadas en los estadios. “Tuve un choque de realidad”, dice.
La experiencia con “ese barrismo violento” la hizo crear el Colectivo Futbolero Feminista Escarlata, a través del cual espera darles un lugar seguro a las mujeres en los recintos deportivos.
Brasil, sede del Mundial femenino de 2027, tiene experiencias similares. “Toda mi familia es corinthiana, pero nunca había ido al estadio, porque mi padre tenía mucho miedo por las barras y las peleas”, dice Amanda Custodio, de 28 años, en San Pablo. Hoy lidera el colectivo Fiel Fazendinha, grupo de hinchas que apoya en el estadio al equipo femenino del Timão.
Aunque el machismo parece ley en buena parte de los estadios sudamericanos, las mujeres en Argentina vivieron su pasión sin los riesgos que se enfrentan en otras partes. Los clubes más populares, Boca y River, eliminaron hace décadas las plateas femeninas y declararon mixtos todos los sectores de sus estadios.
“Yo a la cancha de River voy desde antes de nacer, primero en la panza de mi mamá y luego toda mi vida”, dice Nathalie Goldstejn, una docente de 30 años. “¿Violencia por ser mujer? Nunca recibí”.
Lidia Otero, una ama de casa de 74 años, cuenta que es socia de su amado Boca “desde la cuna”. Asegura siempre haber podido apoyar sin inconvenientes a sus ídolos en La Bombonera. “Iba sola o con mis dos nenas chiquitas”, dice. “Nunca tuve ningún problema”.
*AFP
