Hagamos futurología, imaginemos lo que vendrá en 2026. Pensemos en aquellos temas que seguramente serán objeto de discusión mirando agendas propias y ajenas recién inauguradas. Basta ver algunos medios europeos y de toda América, libros y películas por llegar, discusiones renovadas, para plantear (sin correr grandes riesgos) que hay temas que se repetirán, se profundizarán y otros que mutarán. Por ejemplo, la masacre ocurrida en Australia demuestra que luna cuestión antisemita vuelve (o nunca se fue) de la arena de todo tipo de debates. Una tragedia que trajo, como consecuencia, una crítica feroz al multiculturalismo por parte de sectores ultras.
La filosofía –muchas veces en su cruce con la política– va a marcar un camino ríspido para analizar este mundo que ya confunde las fronteras entre presente y pasado. Cuestiones como la crisis climática, la biotecnología, la reconfiguración social pospandemia (su discusión sigue vigente), la crisis de la democracia y la irrupción e invasión de la tecnología.
Los debates están ocurriendo mucho más allá de los ámbitos académicos o sitios inaccesibles para el gran público. No solo salen de los claustros, sino que se expanden en toda expresión cultural viva y además ocupan espacios cotidianos de discusión. Claro, esto ha ocurrido alrededor de los impactos de la tecnología, muy especialmente con el uso del celular y la penetración total de la IA en la vida cotidiana: son situaciones de las que nadie queda afuera. Pensar estos temas, nos hace ver que son campos que se conectan con los problemas sociales, políticos y económicos actuales y futuros. como no había ocurrido antes.
En el caso de la IA sabemos que seguirá siendo predominante, sus derivaciones son infinitas, como por ejemplo, el caso de la máquina poniéndose en la piel de un psicoterapeuta. El número de personas que prefiere preguntarle al ChatGPT por sus problemas existenciales, amorosos y mundanos es cada vez mayor. La tentación de armar un inmediato para preguntarle cualquier cosa al chat es muy difícil de sortear.
¿Será la filosofía la que sentará a la IA en un banquillo y le pondrá el cascabel de la ética, o al menos lo intentará? La idea del futuro como un lugar que iba a dar soluciones se volvió un espacio en el que solo hay sombras y distopías. Una amenaza que fue alimentada y estimulada por la tecnología que puede volverse un vehículos de odio. No es menor el lugar de los tecnorricos que juegan a los dados con el mundo.
En este contexto, necesitamos a pensadores capaces de explicar lo que está pasando. No solo para entenderlo, sino también para imaginar otro futuro posible, uno en el que la tecnología esté a nuestro servicio y no al revés. ¿Cuáles son las prioridades para la humanidad? Tienen que ver con, precisamente, quienes piensan los riesgos del futuro y parten de la medida humana.
Hay muchos miedosalgunos clásicos como los de una guerra o una nueva peste. Si bien, como me señalaba el escritor Antonio Tabucchi en una entrevista muy pesimista hace tiempo: “no creo que la tarea de tranquilizar al mundo o de resolver los grandes problemas de las guerras y las masacres le corresponde a los artistas ya la literatura. Picasso pintó ‘Guernica’ pero no frenó la mano de Franco”.
La filosofía trabaja en coincidencia con el camino que se ha trazado el arte y la literatura. Las bienales de arte, por ejemplo, ya no solo registran los contextos conflictivos en los que se desarrollan las obras, también anticipan y dan un paso más allá en el tiempo: plantean una escena posapocalíptica. Pero no todo es distópico, también pueden plantear escenarios en lo que, por ejemplo, se plantea una convivencia pacífica con la naturaleza. Algo muy necesario para la búsqueda del equilibrio mental y global. De la materia y del espíritu.
