“Los días allá son grises, fríos. Un frío que ni te cuento”, contesta Lorena Fernandezcuando se le pregunta por su último desafío en extremo sur del continente. Donde el territorio se fragmenta en canales y mares con temperaturas menores a 5°C, la nadadora escobarense se lanzó a lagua para completar el cruce en el Estrecho de Magallanes.
Antes de nadar, durante muchos años Lorena se entrenó como atleta, pero una lesión en las rodillas la obligó a alejarse de las pistas para abrirse luego a otras posibilidades que no se imaginaba lograr.
Sus primeras experiencias fueron en carreras cortas de cinco o siete kilómetros: iba a Baradero, San Pedro, la Laguna de Pilar o Lagos del Rocío. Cuando le fue tomando el gusto, se propuso como objetivo hacer una distancia más larga y se anotó en una largada de 21km desde San Pedro hasta Vuelta de Obligado. “En mi vida corrí tres o cuatro medias maratones y nadando hacer 21 kilómetros me parecía una eternidad. Pero lo superé y pensé: si hiciste esto podes hacer cualquier cosa“, cuenta.
Ese desafío fue el punto de partida para animarse a algo más grande: los cruces en aguas abiertas. El primero fue el Canal de Beagleuno de los lugares más australes del planeta. Lo cruzó en enero de 2025 en un recorrido de nueve kilómetros con temperaturas que oscilan entre los 5°C y los 10°C. “Pensá que en Buenos Aires en enero estamos a 30 grados, con el agua arriba de los 25. Allá lo difícil es la condición climática”, explica.
En esa travesía estuvo acompañado por la armada argentina: “Fuimos con un equipo muy grande y llegar a nuestra tierra con la bandera argentina fue algo maravilloso”. Lorena comenta que muchos nadadores extranjeros llegan al Beagle, en general traídos por una empresa que promociona el cruce. Para los argentinos que no son de la Patagonia, en cambio, no es tan conocido, sobre todo por el condicionante que representa la temperatura del agua.
Para enfrentar este tipo de desafíos, los nadadores se exponen a distintos sistemas de inmersión en frío como la crioterapia. En su caso, si bien es una práctica que conoce por el deporte y los procesos de recuperación, antes de cada cruce entrena la permanencia en un tacho con hielo para acostumbrar el cuerpo a soportar temperaturas bajas durante más tiempo. “Cuando viajé a Chile para el cruce del Estrecho de Magallanes me encontré con nadadores de Punta Arenas que al contarles cómo entrenaba, se mataban de risa porque no podía creerlo”, cuenta entre risas.
Durante el cruce, dos de los mayores problemas fueron los pies y un calambre que arrastraba de los días anteriores. “Los días anteriores fueron duros, no te voy a mentir. Arrastraba un calambre. Se me entumecían de una manera que no podía explicar y ese era mi único miedo, porque no sabía cuánto tiempo me iba a llevar. El calambre estaba, pero era aguantar porque ya faltaba poco. Ya habíamos hecho el 75% del cruce”.
Además del desafío físico, los cruces en aguas abiertas también implican una fuerte exigencia psicologica. Lorena cuenta que tienes que estar preparado para corrientes fuertes que dependen de un clima muy cambiante y que la fecha de largada puede ser en el momento, mañana, pasado o nunca.
“La idea de hacer estos cruces que no son tan conocidos para nosotros es esa: que puedan llegar más nadadores argentinos. De todas partes del mundo vienen, pero estaría bueno que lleguen más argentinos”, destaca y hace foco en la falta de recursos económicos como un obstáculo que impide a muchos nadadores llegar.
“Imaginate llevar la bandera nuestra a un lugar donde poca gente todavía ha llegado”. De cara al próximo año, sueña y proyecta nuevos desafíos: el cruce del Río de la Plata, el Estrecho de Gibraltar o el Escape de Alcatraz.
