Como yo vivo de las palabras y no de una ejecutiva de Luxemburgo, me debo a ellas (peor y más exigente sería vivir de los adjetivos). Estos días, asisto al sepelio de una palabra que acompañaba cual pareja de la Guardia Civil las felicitaciones de año nuevo. ¡Ni dios desea ya “próspero año” como si a todos nos sobrase el dinero!
¿Signo de pesimismo o simple fatiga del adjetivo?
Yo me temo que desear prosperidad, aparte de viejo, puede sonar a cachondeo. Prosperidad sugiere incremento patrimonial, aumento de sueldo, percebes y angulas, coche nuevo, yate con rubias y salvo a Joan Laporta no se me ocurre nadie más a quien desearle prosperidad para el 2026.
Al parecer, la gente se decanta por desear felicidad. Yo ya sé que con buena intención a pesar de que aumenta la presión. ¡La dichosa autoexigencia! Felicidad es mucho desear y obliga a convertir la vida en una de esas películas musicales donde, de repente, unos seres cualquiera se ponen a brincar, gorgorear y dar vivas a la primavera, a las brigadas de limpieza municipal o al charcutero. Ya lo escribió Jardiel Poncela, un cachondo: “Solo hay dos maneras de conseguir la felicidad: una, hacerse el idiota y la otra, serlo”.
Ni dios desea ya “próspero año nuevo”, como si a todos nos sobrase el dinero
Desear prosperidad es propio de tiempos económicamente optimistas y de José Feliciano, artista que por estas fechas endilgaba feliz navidad en la tele cuyo estribillo repetía, por este orden, “próspero año y felicidad”. Tiene aromas calvinistas aunque en España la prosperidad sólo la practica el Gobierno, tan dado a repartir ayudas, subsidios y subvenciones con multas ulteriores y el que venga que arree con el déficit.
El caso de la prosperidad como norte vital repercute en los nombres. Ya solo quedan 124 españoles que se llaman Próspero –¿qué mujer diría no a una propuesta de matrimonio de semejante bendito?– , con una media de edad de 64,3 años, a pesar del juego que da llamarse Próspero sobre todo si tu primer apellido es Regalado, Rico o Mercado.
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