Inspirado en la antigua bendición del libro de los Números —“Que el Señor te bendiga y te proteja… y te conceda la paz”—, el Pontífice recordó que la liturgia presenta el inicio del año como un camino abierto, donde Dios vuelve a posar sobre la humanidad “una mirada benévola”, como en los orígenes de la creación.
León XIV evocó la experiencia del pueblo de Israel liberado de la esclavitud de Egipto para iluminar el presente: un pueblo que perdió antiguas seguridades, pero ganó libertad, promesa y futuro. “Era un renacer”, afirmó, estableciendo un paralelismo con la vida personal y comunitaria de hoy. “Cada día puede ser, para cada uno de nosotros, el comienzo de una vida nueva, gracias al amor generoso de Dios”, subrayó.
En el centro de la homilía, el papa puso la mirada en María como madre de la paz y del rostro de Dios. Recordó que, a través de su “sí”, la misericordia divina tomó un rostro humano y transformó la historia. María —dijo— encarna una doble desnudez: la de Dios que renuncia a todo privilegio y la de la libertad humana que se entrega plenamente por amor.
La paz no se impone, se aprende.
Retomando el mensaje de la Jornada Mundial de la Paz, León XIV insistió en que Dios se presenta “desarmado y desarmante, desnudo e indefenso como un recién nacido”.
Desde esa imagen, lanzó una exhortación directa: el mundo no se salva afilando espadas ni excluyendo al otro, sino comprendiendo, perdonando, liberando y acogiendo sin miedo.
Cerca del término del Jubileo de la Esperanza, el pontífice invitó a volver al pesebre como lugar por excelencia de la paz verdadera y de la bendición. “Que este sea nuestro compromiso para los meses venideros y para toda nuestra vida cristiana”, concluyó, marcando así el tono espiritual y humano con el que la Iglesia abre el año 2026.
