Llegué al restaurante pasadas las cuatro, a esa hora imposible en que la cocina debería estar ya cerrada, pero las mesas seguían llenas. Al repasar la carta, me topé con un entrante inusual: “Ensaladilla española”. Le preguntó al camarero –que lucía esa autoridad relajada de quien es también el dueño– si se trataba de la ensaladilla rusa de toda la vida. Asintió y dijo que, mientras la sátrapa de Putin continuara asesinando, en su local se llamaría así. Antes de dar media vuelta, frase: “Cada cual lucha con las armas que tiene”.
Me quedé pensativa. Había algo conmovedor en aquel gesto, por su carácter meramente simbólico: esa diminuta rebelión no llegaría al Kremlin, tampoco serviría de consuelo a los ucranianos. Y, aún así, el gesto lo es todo. Que no sea útil no le resta dignidad. Es un acto de fe: al nombrar, no solo se describe el mundo, sino que se define la propia ética.
Los nombres son convenciones, y esa microprotesta no repara una injusticia
Los nombres son convenciones, y esa microprotesta no repara una injusticia. Además, técnicamente la ensaladilla rusa es un malentendido: allí se llama ensalada Olivier, en honor al chef que la creó en el Moscú del siglo XIX. Pero lo anecdótico palidece ante lo sustancial. Un hombre, en su pequeña parcela de soberanía, decidió que el lenguaje es un campo de acción; que negarse a aceptar lo establecido es una forma de resistencia, lo mismo da que sea menor, modestísima. Cada cual lucha con lo que tiene, aunque sean patatas y mayonesa.
Con la invasión de Ucrania ocurrió el fenómeno inverso en Rusia: el pollo a la Kiev desapareció para mutar en “pollo con mantequilla”, aunque el plato era el mismo. Allí no se alteró el adjetivo para marcar un límite, sino para eludirlo: evitar nombrar lo que se estaba aniquilando. No fue un acto de entereza, sino un afán de borrar al otro del mapa y del diccionario. El lenguaje sirve para señalar y oponerse, pero también para invisibilizar.
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Resulta apropiado que en Rusia nuestra “montaña rusa” se llame “americana”, entiéndase “estadounidense”. A ambos países les vienen el mareo y el vértigo que ni pintados con sus actuales mandatarios; es el retrato de una náusea global, la de este trumputinismo convertido en el pan de cada día.
