Tras una comida abundante en época de fiestas, la preocupación por ‘haber comido de más’ suele aparecer casi de inmediato. Sin embargo, Los especialistas recuerdan que estos excesos ocasionales, más allá de las molestias pasajeras, no representan un riesgo duradero para la salud digestiva. si el resto del año la alimentación es razonablemente equilibrada.
Bryn Beeder, profesora visitante de Kinesiología, Nutrición y Salud en la Universidad de Miami, explica que el organismo está preparado para afrontar eventos puntuales de ingesta elevada sin consecuencias permanentes. El aparato digestivo pone en marcha procesos mecánicos y químicos para descomponer carbohidratos, proteínas y grasas, convertirlos en energía y sostener las funciones biológicas cotidianas.
Cuando la cantidad de comida supera lo habitual, la digestión se vuelve más lenta porque el tracto gastrointestinal necesita más tiempo para procesar ese volumen extra. Las proteínas y las grasas son las que más trabajo exigen y prolongan la sensación de saciedad. El resultado suele sentirse en forma de estómago ‘pesado’, distensión y cierta incomodidad general.
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Dolor de estómago. Foto:stock
Ese ritmo digestivo más pausado explica los síntomas frecuentes después de un festín: el estómago se expande, aumenta la probabilidad de acidez, dolor abdominal, náuseas, gases e insuficiencia. Además, el cuerpo deriva buena parte de la energía hacia el sistema digestivo, lo que ayuda a entender por qué tantas personas sienten cansancio o somnolencia luego de una comida copiosa.
Incluso antes de empezar a comer, el organismo se anticipa: aumenta la producción de saliva y de ácido gástrico solo con ver, oler o pensar en la comida. Una vez finalizada la ingesta abundante, esa concentración de recursos en el aparato digestivo es la que sostiene el proceso hasta que los alimentos pasan al intestino delgado. y continúa la absorción de nutrientes.
Dolor de estómago. Foto:stock
Para el ‘día después’, los expertos proponen estrategias simples para reducir la indigestión sin recurrir a medidas extremas. Recomiendan mantenerse en posición erguida tras la comida, evitando recostarse, porque esto puede intensificar la acidez y el dolor estomacal. Permanecer sentado o de pie por al menos dos o tres horas ayuda a que el contenido gástrico avance de forma más cómoda.
También es útil una caminata tranquila de 10 a 15 minutos, que favorece el movimiento natural del aparato digestivo y mejora el flujo sanguíneo hacia el tracto gastrointestinal. Beeder subraya que el foco debe estar en aliviar las molestias y no en ‘castigar’ al cuerpo: la automedicación sin control o los ayunos compensatorios agresivos no son necesarios desde el punto de vista fisiológico para ‘pagar’ por una noche de excesos.
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Cena navideña. Foto:stock
Un solo día de comer de más no genera un aumento de peso permanente ni cambios significativos en la salud física; lo que sí puede ser dañino es la culpa repetida y una relación tensa con la comida. Por eso, el especialista invita a abandonar la idea de que existen alimentos ‘buenos’ o ‘malos’ en términos morales, ya que ese lenguaje refuerza la culpa y el ciclo de restricción y descontrol.
Finalmente, siempre es de destacar que las comidas festivas cumplen un rol emocional esencial: un exceso puntual no pone en riesgo la salud a largo plazo, pero sí suma momentos inolvidables en familia. Entender esto permite vivir el día después con menos miedo y más equilibrio, volviendo gradualmente a los hábitos cotidianos sin dramatizar ni castigar al cuerpo por una celebración.
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Jaider Felipe Vargas Morales
REDACCIÓN ALCANCE DIGITAL
