Si yo fuera castellano-leonés, hoy iría a votar con la mosca tras la oreja. Con el presentimiento de que mi voto quizás vaya a servir de poco. Temeroso de que dentro de unos meses, si no se ha logrado investir a un presidente autonómico, me convoquen de nuevo para repetir las elecciones. Exactamente con el mismo propósito que hoy. Y con un resultado probablemente parecido.
A todos nos gusta votar. Pero no en vano. Nos gusta por lo que tiene de certificación democrática. Pero nos gusta menos cuando tenemos que volver a votar porque algún partido obstaculiza la materialización del resultado electoral anterior y, de paso, banaliza el sentido de los comicios. La ley regula estas repeticiones, es verdad. Pero el buen sentido aconseja no abusar de ellas.
Ese es el caso de Vox, que amaga con repetir elecciones por mero tacticismo en Extremadura, donde en diciembre dio la victoria a la popular María Guardiola, con 29 escaños, por debajo de la mayoría absoluta, razón por la que buscó el apoyo de los 11 de Vox.
Aquel intento ha sido hasta ahora inútil. El voto negativo de los ultras –y el del PSOE– tumbó dos veces la investidura de Guardiola, y el fantasma de la repetición gana cuerpo. Aunque PSOE y Vox tenían razones distintas para su negativa: el PSOE recibe a diario insultos del PP, que en cambio proclama su “total” voluntad de acuerdo con Vox. Dos modos distintos de hacer amigos.
Pasado un mes largo desde las autonómicas de Aragón, ya se han constituido allí las Cortes y su mesa. El viernes se formalizó la candidatura de Azcón a presidir la comunidad. Veremos qué ocurre. Porque si antes del 3 de mayo no hubiera investidura, sería preciso disolver la Cámara y repetir elecciones.
La ley regula las repeticiones electorales, pero el buen sentido aconseja no abusar de ellas
Vox ya ha exhibido en Extremadura su afición dilatoria y repetidora. A efectos prácticos, se ha considerado tiempo muerto el lapso transcurrido desde las elecciones de diciembre. Ha preferido esperar al resultado de las elecciones de Castilla y León para decidir en otras comunidades. Así gestionan los ultras el sufragio popular y nuestro presente.
Repetir no suele ser una acción brillante. Lo que se repite ya es conocido. Los niños repiten lo que dicen los mayores cuando carecen de ideas propias. Los notables del PP repiten, disciplinados, lo que dicta Génova. Los loros repiten cualquier cosa. Llamamos repetidores a los estudiantes obtusos, vagos o despistados que han suspendido el curso y lo repiten. Es cierto que hay acepciones de otro signo: se puede repetir sin desdoro cuando la paella está muy rica… pero a riesgo de que nos repita a media tarde. En general, pues, repetir no es la mejor opción. Tampoco en política, porque el mundo no se para y cambia de continuo las prioridades de la gestión pública.
Pero Vox va a lo suyo, como si opinara lo contrario. Su líder le tiene ojeriza suficiente a Guardiola como para obligar a los extremeños a volver a votar. A Azcón le tiene menos, ya veremos cómo acaba allí la negociación. Y veremos qué ocurre en Castilla y León, en función de los resultados que se conocerán esta noche. Los sondeos anuncian que el PP necesitará también allí el apoyo de los ultras. Es de suponer que un cambio del oro y el moro.
Es decir, Vox seguirá presionando al PP para que se integre en el programa de gobierno más propuestas reaccionarias del suyo. Si no lo logra, acaso insista en su menú de obstrucción y repeticiones, que le viene bien para seguir fuera de los ejecutivos, sin desgastarse, en una coyuntura de auge global para el populismo, que su líder ameniza aprovechando el 8-M para presentar a Isabel la Católica como “la mujer más grande de la historia”. (Esta vez, ¡ay!, sin repetición posible.)
Todo ello, con la vista puesta en las andaluzas de junio, cuyas encuestas vaticinan la pérdida de la mayoría absoluta del PP y su dependencia de Vox, además de otra caída socialista. Y con la vista puesta en las generales, tras las cuales si un PP triunfante volviera a depender de Vox, acaso sería toda España, y no solo las autonomías, la que podría enfrentarse a repeticiones electorales. Repetir y repetir: algunos no quieren aprender. Entretanto, la vida pasa.
