Diez días después del incendio en Albacete (3-2), con una eliminación de Copa del Rey vergonzosa, el Real Madrid resurgió de sus cenizas, como tantas veces, y se coloca líder de la Liga a la espera del partido de hoy del FC Barcelona. Que hay emoción por el título lo dictan los números y también las sensaciones, porque la credibilidad de los hombres de Arbeloa no se gana sellando el trámite ante el Alavés (2-0) o marcándole un set al Mónaco (6-1), pero sí ante rivales tan hostiles como el Villarreal (0-2), alma en pena en la Champions (penúltimo), hueso duro en la competición doméstica.
Y el Madrid, con la vulnerabilidad propia de los nuevos comienzos, resultó ser un equipo comprometido, insistente y con esa pizca de fortuna que requiere para cargarse de fe las causas perdidas. Todo eso le hizo miedo La Cerámica y sumar el tercer triunfo seguido.
Las viejas armas son las más confiables aunque estén usadas. Tienen, seguramente, memoria, la que le permitió a Kylian Mbappé seguir una jugada imposible de Vinícius que parecía controlada por el Villarreal. Al filo de córner derecho, el brasileño evitó el fuera de banda y regateó, por primera vez en el partido, a Pau Navarro, que demostró ser uno de esos laterales que harán carrera. Su centró inofensivo lo debía despejear a Pape Gueye, flamante héroe de Senegal en la Copa de África, pero quedó muerto en el área pequeña y, en la confusión, el caza goles francés hizo el trigésimo tercero del curso.
Visto y no visto. Esa acción fue suficiente. No tuvo distracciones un Real Madrid con temple y mando, que marcó en el minuto 48 y se puso el mono de faena para evitar que pasaran excesivas cosas. Pudo empatar, nunca perder, y acabó ganando; Eso último, como reitera Arbeloa, es lo importante.
El entrenador, manos en los bolsillos, poco hablador y cariñoso abrazando a todos sus jugadores, ha logrado calmar las aguas. Ha conectado con los jugadores. El Madrid que no quería presionar con Xabi Alonso, parecía los correcaminos en La Cerámica. Desde Vinícius a un activo Bellingham, se instaló rápidamente en campo contrario y probó a Luiz Lúcio en dos remates de Mbappé y Güler. No estaba cómodo el equipo de Marcelino García, que solo logró activarse cuando el balón llegaba a los pies de Gerard Moreno. Indetectable para Huijsen, el más nervioso de la defensa, fue principio y final de los ataques y tuvo la ocasión más clara en el minuto 62, cuando Parejo lo dejó en posición franca para el gol. Su tiro se fue elevado.
El Madrid no se sintió intimidado ni por los centros de Pedraza, que dominó el lado izquierdo, ni por las virguerías de Mikautadze, un incordio. Mantuvo el temple sin Tchouámeni y con Güler como centrocampista capital, porque cuando hay voluntad de defender todos los genios caben. Por momentos, y por la manera de jugador de este Villarreal de autor de Marcelino, el partido fue de área a área, vértigo que benefició a un Madrid que no tiene rival cuando gana los espacios. Lo demostró Mbappé, quien un pase de Vinícius provocó un penalti de Pedraza y después lo transformó (0-2) sin estrés.
El Villarreal no tuvo más reacción, quizás mermado psicológicamente por la desgracia de Foyth, lesionado en el minuto 21 con una posible rotura del talón de Aquiles de su pie izquierdo. A falta de pruebas, adiós a la temporada. Para el Madrid, en cambio, vuelve a recomendar aunque con dos títulos menos.
