En la historia del arte (disciplina de sorprendente actualidad) hay un nombre que, no hace mucho tiempo, arrojó una idea conmovedora. Paseaba un día Georges Didi Huberman por uno de los pasillos del Convento de San Marcos, en Florencia, cuando, casi sin proponérselo, descubrió que los diseños en la parte inferior de una pintura de Beato Angélico de 1440 le recordaban el expresionismo abstracto de Jackson Pollock.
Fascinándose a sí mismo por ese mecanismo de la mente, que le había hecho mirar una obra del siglo XV a la luz de otros cinco siglos posteriores (las obras de Pollock son de mediados del siglo XX), desarrolló una apología del anacronismo, antes pecado para los historiadores: el presente –nos señala Didi– puede abrirnos puertas inesperadas, inspiradoras y únicas para pensar el pasado. (Y no sólo al revés).
Muchos (por no decir todos) los nuevos trazados de las colecciones de arte más tradicionales se han hecho, en los últimos años, bajo estas premisas que desestiman en parte la cronología, en función de otros valores mucho más atractivos para pensar la historia del arte y los artistas. Concebido por Roberto Amigo y Leandro Martínez Depietritambién el nuevo trazado de la colección Amalita, que ya puedes visitarse en el primer y segundo subsuelo del edificio de Puerto Madero, se desmarca de la evolución lineal de la historia para pensar filiaciones estéticas y temáticas posibles entre artistas tan distantes como Emilio Pettoruti y Mariela Scafati.
Para eso, los curadores no solo contaron con una cuantiosa colección de obras (el legado de la propia Fortabat) sino que sumaron otras, de las respectivas colecciones de Alejandro y Bárbara Bengolea y Amalia Amodeonietos de Amalita y también destacados coleccionistas de arte argentino.
El resultado es un paseo ecléctico y alucinado por doscientos años de historia del arte, básicamente de la pintura, aunque hay esculturas y derivaciones contemporáneas. Algunas piezas son, directamente, grandiosas: La oreja, una tela de carlos alonso de su serie dedicada a Van Gogh de 1972; Los turistas, uno de los varios torsos de calibrado erotismo que Luis Frangella realizó sobre papel diez años más tarde; las dos o tres telas pequeñas de Ángel Della Valle, una íntima lección de pintura del siglo XIX; La zanja, de Marcia Schvartz que, de vuelta de todo, combina el gesto visceral y el delicado oficio en una obra singular, incluso al interior de la estética de la artista; una bella naturaleza muerta de Cándido Lópezel pintor que pensábamos que solo había hecho enormes panorámicas de diminutos soldados a modo de crónica de la guerra del Paraguay.
Las obras se sacan chispas, y no es sólo porque en el conjunto haya muchas muy buenas. Sino porque, en ese feliz cruzamiento de temporalidades, estilos y concepcionescada una nutre a la que tiene al lado, le insufla un aire nuevo, una nueva lectura, la potencia o la relativiza. El resultado del trabajo de Amigo y Martínez Dipietri (un proceso que debe haber sido tan sesudo como divertido) es un diálogo entre las obras, un trazado de líneas intuitivas entre las imágenes que llevan al espectador de las narices por las salas.
Una pequeña pintura del artista viajero Juan León Pallière que, durante el siglo XIX, llegó de Europa para registrar usos y costumbres del territorio americano, puede verse ahora frente al altar votivo dedicado a la Difunta Correa y realizado por Antonio Bernitípico cruce de pop y expresionismo de este artista. Bajo el título “Telas Americanas”, que núcleo de obras de Fernando Fader y Lino Enea Spilimbergo asociados a tan característico oficio, también se presenta ahora una pieza de Feliciano Centurión quien, a finales del siglo XX, contribuyó al rescate de las labores asociadas a lo femenino como prácticas artísticas. Xul Solar, solitario sin parangón dentro del arte argentino, encuentra interlocutores: sus espacios fuera del tiempo se lucen ahora entre un luminoso pastel de Juan Grela y el Alfabeto Lunar de Leandro Katz. Frente al Descendimiento de Leopoldo Presas, puede verse uno de los varios collages realizados por leon ferrari que combinan las intimidantes versiones medievales de Cristo con estampas del porno japonés.
De los encuentros (¿o habrá sido al revés?) emergen temas, que agrupan las obras en las diferentes salas: Pampa Gringa, Visiones, Invasiones, Pueblo y Nostalgia, son algunos de ellos. Sin ser obvio, los temas se refieren a algunos asuntos recurrentes dentro de la idiosincrasia argentina. El montaje se pleega a la propuesta curatorial, y ofrece espacios que propician, y hasta enfatizan, algunos encuentros. Las obras de Juan del Prete y Yente (solitario binomio dentro de la historia) y Roberto Aizenbergse presentan en una isla en medio de la gran sala. La Difunta Correa se refugia en un oscuro subespacio que invita al repliegue místico. Entre la antropofagia y la moda, la Peleteria humana Delaware Nicola Costantino se presenta en un falso escaparate.
No faltan las piezas ni los autores fundamentales: a Berni se suman Alberto Greco, Luis Felipe NoéEmilio Pettoruti, Raquel FornerLiliana Porter, entre otros nombres destacados. No debe haber sido fácil dejar de lado otros, como Guillermo Roux oh Clorindo Testao elegir una entre las muchas obras que ofrece la colección de Alonso, Noé o Rómulo Macció, por mencionar algunos casos. Las omisiones hablan tanto como las presencias.. Los recortes implican decisiones tan difíciles como necesarias.
Con espíritu lúdico, frescura y desenfado, la propuesta de los curadores convierte una colección personal y, por eso mismo, caprichosa, en un panorama bastante integral de la historia del arte argentino. De ahora en más la colección de Amalita será parada obligada para todo aquel que quiera saber qué fue lo que estuvo pasando, en la pintura local, en los últimos doscientos años.
