La alternancia no existe en Castilla y León desde hace cuatro décadas. De hecho, la mayoría socialista en los comicios autonómicos de 1983 fue una anomalía histórica en una región donde las lealtades electorales e ideológicas se perpetúan como una realidad mineral. Las últimas elecciones republicanas, en 1936, y las primeras de la Monarquía restaurada, en 1977, dieron la victoria a la derecha en las nueve provincias. Por ello, ya la vista de la acelerada progresión de Vox, hoy se podría llegar a pensar que el principal dilema que plantea la alternancia en la meseta castellana se ciñe exclusivamente a decidir si, a partir del 15 de marzo, la región seguirá gobernada por el extremo centro o bien la extrema derecha acabará desplazando al Partido Popular.
El aragonés Azcón perdió dos escaños con más preferencias entre el voto de derecha que el desgastado Mañueco
Sin embargo, no parece que ese relevo se vaya a producir a corto plazo. Sobre todo si las crisis internas de Vox lo conducen a esa zona de la muerte en la que han acabado tantos otros partidos. A día de hoy, las encuestas siguen situando en cabeza al popular Fernández Mañueco y la principal incógnita se centra en la magnitud del avance ultra a expensas del PP. Ahora bien, como si la bruma atlántica se hubiera adentrado en la meseta norte, los indicadores directos del CIS (a partir del mayor estudio demoscópico realizado sobre las elecciones del 15-M) ofrecen datos contradictorios. Y esos datos resultan también desconcertantes si se contrastan con los que se registraban ante las elecciones de Aragón, donde el PP de Jorge Azcón sufrió un inesperado retroceso el pasado 8 de febrero.
La mayoría sociológica de derechas convierte las elecciones en un mero trámite, sin opciones para la alternancia ideológica.
Para empezar, es evidente que la figura del presidente Fernández Mañueco sufre un desgaste visible, con la gestión de los incendios forestales como uno de los principales factores de deterioro. Buena prueba de ello es el suspenso que cosecha su actuación, aunque los votantes del PP (con un 7) y de Vox (con un 5,3) aprueban su ejecutoria. Aun así, y en contraste con su homólogo aragonés, Mañueco obtiene casi un punto menos entre sus seguidores y los de la extrema derecha. Y un dato no menor: el rechazo que suscita el presidente castellano-leonés entre el electorado de izquierda y centroizquierda es muy alto y se traduce en un nítido suspenso: un 3. Azcón, en cambio, cosechaba una nota de 4,3 entre los presión del PSOE.
El PP registra mayor fidelidad electoral en Castilla y León que en Aragón y también más aportes de voto desde Vox
Es cierto que el principal rival de Mañueco, el socialista Carlos Martínez, apenas mejora las preferencias presidenciales que Pilar Alegría cosechaba en Aragón entre los electorales de la izquierda. Pero el todavía alcalde de Soria genera mucho menor rechazo, disfruta de una mayor fidelidad de voto y recibe más sufragios procedentes de Sumar o de algunas formaciones locales. Y, sobre todo, la campaña electoral le ofrece mayores posibilidades de mejora, ya que su nivel inicial de conocimiento regional es más bajo.
El socialista Martínez es menos conocido pero suscita poco rechazo y la campaña contribuirá a proyectar su imagen.
Ahora bien, en el flanco derecho del electorado se registran cifras que parecen situar al PP castellano-leonés en mejor situación que a su homólogo de Aragón. Por un lado, los populares registran una mayor fidelidad de voto y, además, reciben más sufragios de Vox (uno de cada cinco frente a uno de cada diez en el caso aragonés). Y, paralelamente, la fidelidad del voto de la formación de Abascal se queda en Castilla y León diez puntos por debajo de la que, por ejemplo, exhibía en los comicios extremeños.
A partir de ahí, los pronósticos de la precampaña castellano-leonesa parecen acercarse al escenario del 2022 (victoria limitada del PP sobre el PSOE, con un moderado ascenso de Vox). Sin embargo, el desgaste de los dos grandes partidos (con un 85% de consultados que juzga la situación de la región igual o peor que hace cuatro años) es perfectamente compatible con otra hipótesis menos previsible: un cuerpo a cuerpo entre PP y PSOE en torno o por debajo de los 30 diputados (con victoria de cualquiera de los dos), y un visible ascenso de Vox desde los 13 escaños del 2022 a alrededor de 20, ahora. La “piadosa crueldad” electoral de la región más elevada de la Unión Europea cierra la puerta, sin embargo, a vaticinios muy precisos, más allá de la, en apariencia, irreductible mayoría conservadora.
