En este mundo somos transeúntes y, de cierto modo, forasteros, acostumbrados a viajar. Herederos de aquellas generaciones para las que conocer el mar era una proeza, la nuestra es una generación ubicua y en tránsito, cuyo objetivo es el camino y cuya meta es el … horizonte. Por eso no nos sorprende el fenómeno migratorio, como sí podría sorprender a nuestros antepasados, habitantes de sociedades más estables y menos abiertas.
Ahora que comienza la enésima campaña electoral —casualmente, también la nuestra—, cuando surja la tentación de dejarnos apretujar por los argumentarios excesivos de los partidos extremos, estos que presentan la emigración como una de las plagas de Egipto, esforcémonos por centrar el tiro, no vaya a ser que acabemos disparándonos en el pie, urgidos por esas necesidades censales que tanto acucian a las tierras de interior, como las nuestras.
Y lo digo pensando en Cuba estos días, ese paraíso varado en el Caribe donde aún yace el último experimento comunista de Occidente. Las noticias que llegan desde allí dibujaron un dramatismo extremo y una severa obstinación de la dirigencia con su propia población: obcecación irresponsable que solo puede acabar mal. Es ahí donde nuestra conciencia encuentra su encargo. Ayudar a Cuba no es solo tarea de los yankees; también nos concierne a nosotros, por genealogía y por gratitud. La nuestra ha sido, y debe seguir siendo, tierra de acogida. Lo demuestran iniciativas como el Proyecto Arraigo y milagros cotidianos como los de algunos enclaves de Soria o Palencia —Nogal de las Huertas, por ejemplo—, donde cubanos han encontrado su tierra prometida y construido su vida.
Cuando Lucas visitó Cuba, Fidel le recordó nuestros lazos con la isla. Hay mucha relación. Cientos de zamoranos y leoneses conservan historias familiares que lo acreditan. Odiseas que demuestran que la emigración ordenada y legal no es un vestigio del pasado, sino una respuesta eficaz a los vacíos de producción y población que padecemos. Cuba sigue siendo un refugio de talento y humanidad lastrado por una catástrofe humanitaria inmensa e inducida. Verán cómo en los próximos días volveremos a oír hablar mucho de ella. Y la necesitaremos. Como escribió Milanés, «de qué callada manera».
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