No estamos para bromas. Y la encuesta preelectoral del CIS sobre Castilla y León lo es de mal gusto. No tanto por la renqueante calidad de sus resultados. Ni siquiera por la insultante formulación de horquillas que presenta. No es grave que ese producto cueste … dinero público, una pasta seguramente, dado el tamaño de la muestra. El recochineo estriba en que se atrevan a entregarlo siquiera. Te lo guardas y haces mutis. Pero no lo publicas con una prosopopeya digna de mejor causa.
Oficialmente, el CIS habla de empate técnico, pero al asignar escaños aparece una meseta donde caben todas las opciones. Eso no es un empate, porque el parlamento se construye con mayorías de procuradores, no con porcentaje de votos. Pero nada se puede saber, porque los escaños son de broma: un margen de 10 para el PP, 9 para el PSOE y 8 para Vox. Lástima que no podemos recurrir a Miguel Gila para que nos diera una óptica de semejante dislate.
Se comprende que las sociedades son complejas, que la opinión pública adolece de fragmentaciones en la era digital, que son muchas las circunscripciones provinciales y que estas técnicas prospectivas tienen un cientificismo impreciso. Entonces, se deja. Ya vale de seguir quemando millones de euros en un servicio como este, politizado, muy sectario, reputacionalmente degradado y fuera de época y de tiempo. Se destina el dinero a otra tarea, se encargan estudios menos adheridos a la inmediata específica de unas elecciones. Se deja, en todo caso, que los institutos privados hagan sus trabajos, pagados por sus clientes y auspiciados por los controles profesionales.
Pero estamos hasta el colodrillo de la altanería y la suficiencia con que operan los del CIS, con ese personaje a la cabeza, por decirlo de alguna manera, un tal Tezanos, que viene a ciscarse en todos sus detractores, que son legión, y en los damnificados por su dispendio, que somos todos los contribuyentes. Las horquillas podrían convertirse en horcas claudinas del denuesto y la objeción más severa. Y los sociólogos deben ser los primeros en reclamar un poco de dignidad para un oficio que consiste en averiguar tendencias, reducida por el CIS —encuesta preelectoral de Castilla y León— a la técnica de lanzar una moneda al aire.
