Sus primeros pasos sobre un campo de fútbol no estuvieron exentos de inseguridad, tampoco de timidez. Faltaba perder el miedo al suelo, a caerse, aprender a meter gol ya parar balones, pero con nuevas dificultades a las que nunca pensaron que habrían de … enfrentarse. Así se describen sus primeros días en el terreno los jugadores del equipo de amputados de Dragones de Lavapiésque surgió como una necesidad de construir algo que les identificara, algo suyo. Ahora, un año después de su creación, se desplazan por el campo, sobre dos muletas y sin prótesis, como si hubieran olvidado el miedo de las primeras veces.
Hace ocho años desde que Eduardo Meléndez, el fundador de este equipo, volvió a nacer. Estuvo a punto de perder la vida cuando un coche impactó contra su moto y, después de un coma que duró tres meses, dijo adiós a su brazo derecho. Al despertar, todo había cambiado. «Tuve que empezar de cero», recuerda. Tras enfrentarse a dieciséis cirugías, tardó más de un año en aprender a caminar ya hablar de nuevo.
Un Eduardo, el fútbol le salvó la vida cuando él estaba a punto de quitársela. Comenzó a jugar en El Salvador, donde las amputaciones de sus compañeros eran en su mayoría fruto de minas y bombas. «Lo mío, comparado con lo de ellos, no era nada. Pisar una mina o que te disparen con un fusil son cosas horribles», asevera. Cuando emigró a Madrid, fundó el equipo que lleva ya un año entrenando y que se suma a los otros dos de amputados que hay en España.
Mientras observa a sus cinco dragones pasarse la pelota en el campo, recuerda que este deporte le salvó la vida. Esta vez entrenan en el Centro Deportivo Municipal Orcasur, pero también lo hacen en Lavapiés, donde nació la iniciativa, o en el Retiro. No es fácil para ellos encontrar un lugar en el que jugar, pero gracias al club han podido acceder a estas opciones.
Dragones de Lavapiés cuenta con alrededor dy seiscientos deportistas de sesenta países. Entre sus múltiples equipos se encuentra el de amputados, junto con el de personas sin hogar, tres con la mayoría de refugiados, uno queer y femeninos. Con orgullo, la directora, Dolores Galindo, cuenta que el infantil está ganando todos los partidos.
Para ella, los equipos son un reflejo del barrio y, además de una forma de crecer en el deporte, una manera de generar vínculos y cohesión entre aquellos que no encontraban un sitio en el que hacerlo. «Lo hacemos todas las familias del barrio con apoyo de organizaciones e instituciones, sobre todo europeas. Cuesta menos que nos entiendan de lejos que de cerca», asegura Dolores.
Hacer llegar el fútbol de amputados a los que serían sus futuros jugadores no fue tarea sencilla. José Conde fue testigo activo de todo el proceso y permanece en él desde sus inicios. Con dieciséis años le diagnosticaron cáncer y su adolescencia se desarrolló entre habitaciones de hospital hasta los veintiún años. Estuvo a punto de morir. Fue él mismo quien, por recomendación de los médicos, decidió desprenderse de una parte de sí mismo. Hace ya catorce años desde que vive con una sola pierna, desde que tuvo que volver a aprender a vivir. «No sabía caminar, no sabía bajar las escaleras. Ahora trabajo, pero antes no podía. Fue empezar como un niñito, todo de cero», afirma.
Él también jugaba antes de que el cáncer cambiara su vida. Era una pasión, un sueño. «Cuando volví a jugar al fútbol, renació esa parte espiritual. Reencontrarme con este deporte, aunque sea con una sola pierna, es como recuperar parte de esa juventud que perdió en el hospital», cuenta tras un largo rato persiguiendo el balón.
Su compañero Felipe Duque es el integrante que menos tiempo lleva en el equipo. Cuando tenía veinte años, un accidente laboral con una máquina agrícola provocó que su pierna derecha tuviese que ser amputada por encima de la rodilla. «Cuando estaba metido en la máquina, yo era consciente de lo que pasaba y le decía a un compañero que estaba conmigo que yo no me iba a morir, que quería seguir estudiando y trabajando», recuerda.
Tras mudarse a Madrid, comenzó a vender dulces en la calle y así encontró a Eduardo, que le ofreció ser uno más de los dragones. Allí conoció a los que forman su equipo y con los que no solo comparte campo, también experiencias. Uno de ellos es Jesús Orea que, con más bagaje a sus espaldas, le apoya en su aprendizaje. Él, también como consecuencia de un accidente laboral, tuvo que ser amputado a la altura de la tibia a los diecinueve años.
Jesús es contundente en sus palabras, hay que salir adelante. Sentado en el banquillo, con la camiseta amarilla del equipo y pantalón corto azul marino, confiesa que al principio le daba vergüenza llevar prendas con las que se viera su amputación. Un sentimiento que ya se ha oxidado, como también lo ha hecho el recuerdo de su vida con dos piernas. Veinticinco años han sido suficientes para olvidar. «Lo mejor que le puede pasar a un amputado es olvidar que lo es», sentencia.
Todavía queda mucho por hacer. Así lo cree Conde que, aunque confía en las buenas iniciativas, sostiene que falta trabajo «sobre todo en la parte de concienciación social y en infraestructuras». Aun así, todos concuerdan en que, de una forma u otra, el fútbol les ha devuelto las ganas de intentarlo. «Si ellos no conocieran el deporte, estarían tendidos en su cama con problemas de toda índole, pero al venir al campo todos nos olvidamos de los problemas», asegura el entrenador.
Amputados de Madrid con Ucrania
Con su juego se han convertido en un apoyo para los que, desde pequeños, se ven obligados a enfrentarse a lo mismo que ellos hicieron en su momento. A veces se unen a sus entrenamientos niños amputados que se ven excluidos en sus escuelas por su condición ya los que les han hecho creer que no son capaces de jugar. «Ve gente igual que él jugando al fútbol, se le pide que juegue ya ese niño se le ilumina la cara», cuenta Conde sin disimular una sonrisa.
Son en el ejemplo que ellos quisieron tener y lo volverán a ser a partir del año que viene, cuando acogerán en su equipo de amputados a víctimas de la guerra de Ucrania que hayan perdido una extremidad a causa de ésta. Los principales beneficiarios de la iniciativa serán «civiles o veteranos de guerra», ciudadanos de cualquier género o edad con amputaciones o efectos congénitos.
Los dragones organizarán entrenamientos y formaciones adaptadas, para lo que contarán con el asesoramiento de la Federación Europea de Fútbol para Amputados (EAFF). El proyecto, bautizado el Empowering Recovery: Adaptive Football for All (ERAFA) y financiado por la Unión Europeabusca que los amputados de Ucrania encuentren en el fútbol la herramienta de rehabilitación y cohesión que han encontrado ellos. Una forma de llevar sus experiencias a los que, por causa del conflicto, no hace mucho que se han despedido de una parte de ellos mismos.
