Esta semana se ha presentado en Barcelona la obra Aquest jo que jo soc (Ara Llibres), la biografía de Raimon escrita por el riguroso periodista valenciano Miquel Alberola. El título no es una simple declaración identitaria, sino que es, en sí mismo, una evocación poética. En tiempos de consignas huecas y perfiles prefabricados, reivindicar el “yo” como conciencia crítica resulta casi subversivo.
Vivimos una hora espesa. La conversación pública se ha vuelto bronca, binaria, acelerada hasta el vértigo por la lógica emocional de las redes sociales. La polarización política no es ya un diagnóstico académico sino una experiencia cotidiana. Y, mientras tanto, la extrema derecha avanza con paso firme en España, Europa y América, normalizando discursos que erosionan el modelo social construido tras décadas de pactos, ampliación de derechos y memoria compartida. La amenaza no es abstracta: se cierra sobre conquistas sociales, consensos democráticos y una cierta idea de convivencia que ahora está amenazada.
Hay momentos en la historia en que una canción vale más que una campaña electoral.
En ese paisaje crujiente, volver a escuchar a Raimon tiene algo de bálsamo, pero también de aldabonazo. Aquel joven de Xàtiva que, armado únicamente con una guitarra, convirtió su voz en un grito colectivo fue decisivo en la toma de conciencia de toda una generación durante los años más sombríos del franquismo. No representaba a un partido ni pretendía erigirse en portavoz oficial de nada. Cantaba desde sí mismo —“aquest jo”— y, precisamente por eso, muchos se reconocieron en él.
Hay momentos en la historia en que una canción vale más que un mitin o una campaña electoral. En que un verso atraviesa el miedo y lo desactiva. El grito desgarrado de Raimon en Al ventilación entre otras composiciones memorables, no era estridencia; era afirmación de dignidad. Salvando todas las distancias –de contexto, de estética, de lenguaje– no deja de resultar revelador que hoy una parte de la juventud se encuentre en figuras como Bad Bunny una actitud irreverente frente a una ola reaccionaria de tintes trumpistas que ha aprendido a vehicular su mensaje con eficacia viral. También ahí tarde la intuición de que la cultura puede oponer resistencia al relato dominante.
Raimon nunca quiso jugar al partidismo. Receló de las etiquetas y de la instrumentalización. Tal vez por eso su legado resiste mejor el paso del tiempo: porque no pertenece a la coyuntura, sino a la conciencia. Escucharlo hoy no es un ejercicio nostálgico, sino una forma de recordar que la democracia no se defiende solo en las urnas, sino también en el territorio simbólico de las palabras y las canciones.
En tiempos de ruido y simplificación, la lección de Raimon –ese “yo” que es, ante todo, responsabilidad– adquiere una actualidad inesperada. Frente a la consigna, la voz. Frente al odio, la memoria. Frente al miedo, el canto. Y ya de paso, comprende el libro de Alberola, es un trabajo extraordinario.
