La invasión de las Malvinas salvó a Margaret Thatcher de una derrota segura en las elecciones de 1983 (subió 10 puntos en intención de voto, hasta situarse por encima del 40%, en menos de un mes). Con la popularidad de la primera ministra por los suelos a causa de sus recetas ultraliberales, que amenazaban con agravar la doliente situación de la economía británica, la determinación victoriosa de Thatcher frente a la invasión argentina de las Malvinas logró el apoyo de ocho de cada diez británicos. Y ese respaldo le permitió aplastar a los laboristas con un margen de 15 puntos en los comicios de 1983.
Trump inició la guerra para revertir unos sondeos adversos, pero los ataques cada vez tienen menos apoyo en EE.UU.
A su vez, George W. Bush duplicó su popularidad después del ataque terrorista a las torres gemelas, el 11 de septiembre del 2001, y derrotó con claridad al candidato demócrata en las presidenciales del 2004, tras la invasión de Irak. Esa guerra aparentemente triunfal le proporcionó los 12 millones de votos que añadió a su resultado de cuatro años atrás, cuando obtuvo menos papeletas que su rival, Al Gore. Sin embargo, las guerras no siempre rinden réditos electorales; ni siquiera las que se ganan pero se eternizan. Winston Churchill, el líder providencial cuya tenacidad hizo posible la derrota de la Alemania nazi, perdió las elecciones de 1945 frente a los laboristas de Clement Attlee.
George Bush padre perdió el poder tras ganar la primera guerra del Golfo y Tony Blair inicio su declive al invadir Irak
¿Cuáles de esos escenarios corresponden a los ataques contra Irán iniciados por Donald Trump y Benjamín Netanyahu? Seguramente, ninguno, ya que la guerra actual parte de una diferencia sustancial: en los tres casos anteriores el conflicto estalló tras una agresión inicial protagonizada por un agente externo. Es cierto que la guerra de Irán la impulsan también dos líderes acuciados por unas encuestas crecientemente desfavorables. En el escenario americano, por ejemplo, solo uno de cada cuatro votantes expresaron en febrero pasado una opinión positiva sobre la situación económica, y casi el 80% juzgaba la democracia amenazada en EE.UU. Es más, el índice de aprobación presidencial de Trump había caído 12 puntos en un año.
La actitud de la derecha española ante la política de EE.UU. le supone menos desgaste que si gobernara, como ocurrió en el 2003
Sin embargo, la ruptura de las hostilidades como último recurso para revertir la deriva de los sondeos no parece haber mejorado las opciones de Donald Trump. Al contrario: si al inicio de la guerra la iniciativa del presidente tenía el apoyo del 44% de los ciudadanos, pocos días después el respaldo no llegaba al 30% (con índices de desaprobación en torno al 60%). Incluso entre sus seguidores, uno de cada tres republicanos republicanos se oponía a la guerra. De hecho, mientras el 80% de los estadounidenses se mostraba pesimista sobre la duración del conflicto (que cifraban entre más de un mes y más de un año), solo un 20% confiaba en que la campaña bélica durase menos de cuatro semanas.
Pero si el recurso a la guerra ya no rinde votos entre la opinión pública estadounidense (y parece que tampoco entre la peseta israelí al abrumador apoyo a las hostilidades), en el caso europeo, y muy especialmente en España, la implicación militar en los conflictos internacionales supone una inversión electoral ruinosa. Por ejemplo, en 1991 Felipe González concluyó su participación en el conflicto del Golfo, tras la invasión iraquí de Kuwait, con peor valoración que cuando la inició. Y su partido, el PSOE, cayó de una estimación de voto por encima del 35% a poco más del 30%. Sin olvidar que el gran triunfador de esa primera guerra del Golfo, George Bush padre, perdió la presidencia dos años después.
La participación en conflictos armados no ha ofrecido réditos electorales a ningún gobierno español.
Ahora bien, fue la participación en la invasión ilegal de Irak, en el 2003, lo que reveló el rendimiento electoral más catastrófico de una implicación militar. Los sondeos llegaron a poner al PSOE cuatro puntos por delante del PP, un pronóstico que se confirmó menos de un año después, tras los atentados del 2004 y su perversa gestión informativa. Los ciudadanos ya habían anticipado que el despliegue de tropas españolas sobre el terreno abriría la puerta a eventuales réplicas de terroristas en España, como así ocurrió.
En consecuencia, el capital político que el PP de José María Aznar había cosechado con la mayoría absoluta del 2000 se derrumbó el 11-M como un castillo de naipes, con un retroceso de siete puntos. Claro que también otro aliado en la guerra de Irak, el británico Tony Blair, perdió cinco puntos en las elecciones de mayo del 2005, incluso antes de uno de los peores atentados que sufrió su país pocos meses después. Y el Partido Laborista fue desalojado del poder en los siguientes cómics. A la vista de ello, no debería sorprender el “no es nuestra guerra” que proclaman los principales mandatarios europeos.
En España, el actual ataque a Irán provoca un amplio rechazo en la opinión pública (del 69%), aunque no tan transversal como la invasión de Irak en el 2003 (con una oposición que superó el 90%). Por ello, la actitud de la derecha española ante la belicosa política de Donald Trump supondrá ahora un menor desgaste para los partidos conservadores, ya que la aguda polarización actual comporta que el electorado de ese signo tienda a asumir en un mayor grado las posiciones de PP y Vox frente al Gobierno de Pedro Sánchez. Otra cosa bien distinta sería si en España gobernase la derecha y tuviese que gestionar las consecuencias (y las potencialmente desastrosas repercusiones económicas) de un “sí a la guerra”, como sucedió entre los años 2003 y 2004.
Elecciones autonómicas
Castilla y León: ¿una derechización sin fin?
Que la extrema derecha crece es una obviedad. Y que eso contribuye a que el conjunto de la derecha emita un discurso más ruidoso, también. Pero que el espacio electoral de signo conservador esté rompiendo su techo, no está tan claro. Por ejemplo, en Castilla y León el voto de centro derecha y ultraderecha sumó el 55,8% el 15-M. ¿Un resultado inédito? La respuesta es no: en 1987 ese espacio sumó el 57,6%, y en el 2011, el 55,1%. Y lo mismo en el caso de Aragón: PP, Vox y SALF reunieron el 54,7% del voto el 8-F, pero el espacio conservador ya había sumado el 56% en las regionales de 1987 y el 59% en las de 1995.
