Con la dulce nostalgia del que valora un pasado perdido, Fernando García Romero observa las pinturas de la capilla de la Inmaculada. Para llegar a ella ha atravesado, bajo una lluvia fina, un claustro barroco español custodiado por gárgolas que desaguaban tras una mañana de … temporal. Antes, cruzó dos altos portones de madera que dejaban al descubierto una lámpara, ondeada cual bandera por el viento que irrumpía en el interior del edificio. Es el mismo recorrido que hacía todos los días, a excepción de fines de semana y vacaciones, cuando era alumno del instituto San Isidro, la institución de enseñanza que, con cuatrocientos años de historia, se consagran como la más antigua de España. Décadas después, Fernando vuelve como antiguo alumno, recordando, entre muchas anécdotas, las carreras que bautizaron como los «mil metros claustro».
En su rostro, la expresión de quien fue marcada por el lugar donde estudió. Él mismo lo dice: «No es que haya influido, es que ha determinado mi trayectoria. Para mí todo empezó aquí, en este instituto». Lo asegura frente a Gabriela, una joven estudiante de primero de bachillerato, que lo escucha con la atención del que reconoce la experiencia. Sus vivencias de adolescente transcurren entre los muros de este colegio. Algunas tardes, junto a otros compañeros de clase, hace de guía a los visitantes de la exposición Las Raíces de la Ciencia, una muestra de instrumentos científicos históricos procedentes del antiguo Gabinete de Física y Química del instituto, organizada con motivo de su cuadringentésimo aniversario.
El que fuera Colegio Imperial fue lugar de estudio de cuatro literatos españoles que conquistaron el Premio Nobel. Fueron José Echegaray (1904), Jacinto Benavente (1922), Vicente Aleixandre (1977) y Camilo José Cela (1989). Pero sus aulas también fueron escuela de Víctor Hugo, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Gregorio Marañón, Francisco de Quevedo o Pío Baroja. Este último, en su obra ‘El árbol de la ciencia’, describía una «escandalosa» clase de química en la misma capilla en la que Gabriela y Fernando conversan en tertulia junto a Manuel Ayuso, profesor de latín, y Rafael Martín Villa, director del centro.
«Tenía el techo pintado con grandes figuras al estilo de Jordaens; en los ángulos de la escocia los cuatro evangelistas y en el centro una porción de figuras y escenas bíblicas. Desde el suelo hasta cerca del techo se levantaba una gradería de madera muy empinada con una escalera central, lo que daba a la clase el aspecto del gallinero de un teatro», describe Baroja en la novela. Ahora, en las aulas nada queda de aquellas graduadas, pero el techo de la capilla sigue albergando unas recién restauradas pinturas de Juan Delgado, diseñadas por su maestro Antonio Palomino en el siglo XVIII.
El latinista ríe y niega con la cabeza cuando es preguntado si entre los profesores hacen apuestas sobre quién podría ser el próximo Premio Nobel. «Es información reservada», bromea, mientras mira de reojo a la joven. «No pensamos si van a ganar premios, sino si van a ser personas buenas, útiles a la sociedad, que trabajan en lo que les gusta y ayudan a que la convivencia sea sana», asegura. Entre los alumnos se preguntan qué les queda por hacer a ellos en un lugar en el que parece que todo se ha conseguido.
La capilla de la Inmaculada
Rafael sostiene que «el alma de una ciudad está en sus escuelas» y ésta «alberga la historia del siglo XVI» para que los jóvenes puedan aprender de ella. Obnubilados entonces por la exaltación que caracteriza la adolescencia, quienes salieron de aquí apreciarán más ahora el lugar en el que estudiaron. Un grupo de antiguos alumnos que acudieron a visitar la exposición y el museo contaron a las jóvenes que les guiaban que fueron bautizados como ‘Los macarras’. Entre sus múltiples fechorías, colocaban cigarros entre las mandíbulas entreabiertas de un esqueleto real que se utilizaba para enseñar a los alumnos. Al fumador postizo, que continúa en el colegio, lo llaman Nicolás.
El alma de la escuela.
La historia del lugar es vasta, tanto la ocurrida en él como la que alberga entre sus muros. No faltan los sucesos truculentos, de los que los adolescentes se han aprovechado para atemorizar a los más pequeños. Corría la primera guerra carlista cuando los madrileños, pensando que los frailes del San Isidro habían envenenado las fuentes públicas provocando una epidemia de cólera, incurrieron en un motín anticlerical.
«A las tres de la tarde penetran las turbas en el convento de jesuitas de San Isidro; matan, saquean, incendian…», narra Benjamín Jarnés en ‘Sor Patrocinio, La monja de las llagas’. Los restos de los jesuitas fallecidos descansan ahora tras una de las puertas de la escuela, aunque pocos conocen cuál de todas es. Los mayores advierten a los niños para que estén atentos, pues los fantasmas acechan en los pasillos, el claustro y las aulas. Ni el profesor, ni la adolescente ni el antiguo alumno conocían el lugar exacto en el que estaban enterrados. Hasta ahora. Bajando unas escaleras oscuras, tras una puerta de las muchas que hay cerradas con llave, las tumbas. Algunos todavía conservan las inscripciones, como la del Hermano Landa.
El claustro del IES San Isidro
Con una parte moderna y otra antigua, el colegio acoge alrededor de 1.800 alumnos de diversos perfiles. Rafael Martín asegura que le ha «tocado la lotería» con la oportunidad de dirigir el instituto. «Aunque suene muy unido, nuestra prioridad son los alumnos, pensar en qué puede ser bueno para ellos. Desde el punto de vista más personal, pienso a qué tipo de centro me gustaría que viniera mi hija a estudiar», asegura. Quieren un espacio en el que los alumnos puedan desarrollarse y estar cómodos. Lo demás, el arte y la historia, «es un añadido». «Estudio a Lope de Vega y este señor estaba aquí. No sé si será parte de la historia, pero ayudar a que esto salga adelante y que se siga recordando es algo que me hace ilusión», afirma una sonriente Gabriela.
Junto al aula antigua y al laboratorio moderno en los que Rafael olvida sus trabajos de director y se entrega a la enseñanza de la ciencia, una puerta rotulada como ‘Museo y Biblioteca’ descubre un pequeño universo de geología, sondas y animales disecados y en formol. Caparazones de tortuga, un venado, un pavo real y otras tantas fieras convierten la habitación en un museo que bien podría ser la versión física de un bestiario. En la estancia contigua, una multitud de libros antiguos se apilan bajo llave. Un catálogo manuscrito en 1876 esconde los secretos de la zoología, botánica, mineralogía y geología. Desde las aulas de la otra parte del edificio, se vislumbran los restos de un reloj de sol. Pero «no solo es que tiene mucha historia, es que tiene mucho futuro», sentencia el docente de latín.
‘Non omnis moriar’ es el verso que todos los latinistas conocen. En español se traduce como «no moriré del todo» o «no moriré todo yo». La primera vez que Manuel Ayuso acudió a San Isidro recuerda ver una placa, que todavía se alza en una pared, con unos versos del poeta Horacio: «He levantado un monumento más duradero que el bronce. No moriré del todo». La gran creación de este docente, su eterno monumento, son sus alumnos. Rafael asegura que podría citar con nombres y apellidos a quienes estudian latín por las enseñanzas que él imparte en este colegio, destacando también la labor de los demás profesores. Con la pasión de la docencia, más duradera que el bronce, Manuel no morirá del todo. Algo quedará en los estudiantes, en la historia del instituto San Isidro. No morirá todo él.
