Desconfianza. Agotamiento. Resiliencia. Renuncia. En toda guerra anida una trama emocional que circula, subterránea, debajo de los escenarios en los que, en la superficie, se libran las batallas.
En los diecisiete días que lleva el actual conflicto en Oriente Medio de Israel y Estados Unidos contra Irán, los israelíes conviven con dosajes desparejos de estas emociones.
Algunos creen que, frente a la aparente minoría armamentística de Teherán, el régimen de los ayatolás está apostando a una “guerra de desgaste”: bombardeos nocturnos y de madrugada que sacan de la cama, cada dos horas, a ciudades enteras de vecinos que, maldormidos, llegaron a pasar siete horas del día -con intervalos- en los refugios antimisiles.
Por otra parte, cuando los ataques provocan daños que el sistema de defensa israelí no puede atacar -la Cúpula de Hierro intercepta misiles pero no siempre logra evitar que caigan desprendimientos de bombas de racimo o esquirlas-, de inmediato se activa un operativo de reparación que tiende a minimizar los destrozos materiales. Para evitar que la gente quede anclada en el dolor de la pérdida.
Cuadrillas de jóvenes voluntarios entrar en las casas para ayudar a las familias a juntar los vidrios de los ventanales estallados, a cargar escombros, a remover electrodomésticos irrecuperables. O lo que haga falta.
“Somos chicos y chicas de 16, 17 y 18 años. Estamos siempre en las emergencias. Venimos a colaborar”, señala a Clarín Nadav Daniel, un estudiante del último año de secundaria.
“Esta guerra es así”
La resiliencia no se detiene. No hay margen para lamentarse.
“Esta guerra es así. Debíamos librarla”dice una vecina de Rishon Leziyyon, una ciudad a ocho kilómetros al sur de Tel Aviv, mientras pasa la aspiradora sobre el sofá. El estallido de los vidrios que provocó la bomba de racimo que cayó debajo de su ventana desplegó un manto de astillas sobre la vida de su departamento de un primer piso.
“A pesar de que todo quedó destruido, los judíos nunca se irán, los judíos permanecerán aquí. Se lo hemos prometido a Dios”, aseguraba a Clarín Joseph Cohen, un rabino de 29 años que perdió su casa en un ataque iraní. Ocurrió cuando el edificio de departamentos de la calle Rehov Yehuda Halevi de Tel Aviv, donde Cohen vivía con su esposa y sus tres hijos chiquitos, fue blanco del primer misil iraní que logró esquivar el escudo protector de Israel.
Y cuando las bombas caen en la vía pública, en menos de una hora, casi no quedan rastros de lo que sucedió. Grúas con palas retiran los escombros, máquinas limpiadoras emprolijan la zona y operarios súper expeditivos colocando vallas o rellenan con material los cráteres de los proyectiles.
Desconfianza
Otra variante de los sentimientos que atraviesan a una sociedad acorralada por la guerra. es la desconfianza. Como ocurrió cuando una bomba iraní cayó en una obra en construcción en Yehud-Monosson, cerca del aeropuerto de Ben Gurion, y provocó la muerte a dos obreros.
Sus compañeros, enfurecidos con la prensa nacional e internacional que cubrían la noticia, se interponían delante de las cámaras y grababan con sus celulares a los periodistas, amenazados con que iban a llamar a la policía.
Varias personas se refugian en un estacionamiento subterráneo mientras suenan las sirenas que alertan de la llegada de misiles balísticos en toda la ciudad, cerca de la playa de Tel Aviv. Foto EFE“Si ustedes muestran imágenes de lo que pasó, los iraníes van a saber dónde atacaron y seguirán haciendo”gritaba, hecho un manojo de nervios, un obrero con un casco de moto que nunca se quitó para no ser reconocido.
“La gente está muy estresada”, admite un Clarín Miguel Glastein, un médico argentino del Hospital Ichilov del centro de Tel Aviv.
“Llevamos tres años con esta guerra y hay un trauma muy importante -subraya-. Como toxicólogo, veo un aumento de intentos de suicidio por fármacos, por drogas”.
Temor de ir a clase
Este lunes reabrieron las escuelas, después de dos semanas cerradas por el fuego cruzado. Pero menos de la mitad de los alumnos asistió a clase, lamentan desde el Ministerio de Educación israelí.
De los 365.000 estudiantes que viven en zonas en las que las escuelas tienen refugios para protegerlos de los ataques de Irán y de Hezbollah, sólo el 47 por ciento regresó a las aulas.
Este lunes, diez localidades de todo el país sufrieron daños causados por restos de misiles interceptados o por municiones en racimo, siete de los cuales cayeron en Rishon Lezion. También impactaron en la ruta 431, en Lod y en Shoham. Además, cinco misiles iraníes provocaron destrozos en el norte, el centro y el sur de Jerusalén.
Desde Israel, las Fuerzas de Defensa aseguraron que lanzaron ataques masivos contra Irán. Según fuentes oficiales, destruyeron el jet privado de Ali Khamenei, el líder religioso supremo -asesinado el primer día de enfrentamientos, el 28 de febrero- y un centro de investigación espacial.
