No había pasado una semana desde el perdón otorgado en diciembre pasado por el presidente Donald Trump al expresidente hondureño José Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos a décadas de prisión por narcotráfico, cuando se supo que Detrás de esa decisión estaba Roger Stone, veterano lobista republicano y viejo aliado de Trump.y también beneficiario de un perdón presidencial por delitos federales. Stone habría entregado a Trump una carta del condenado Hernández, en la que este se identificaba con Trump como víctima de una persecución injusta. La carta fue suficiente para conmover a Trump y abrirle la puerta de la libertad, tras cumplir apenas una fracción de su condena.
En su libro La estafa más larga, Joe Conason recuerda que en los años noventa Stone afirmó que lo mejor de una eventual presidencia de Trump sería “lo fácil que sería manipularlo”. El episodio ilustra una tesis central del libro: la presidencia de Estados Unidos y buena parte de su sistema político han sido cooptados por intereses privados que operan mediante favores personales, lealtades compradas y una corrupción que, así no siempre adopta la forma clásica del soborno, es igualmente corrosiva.
Estos oportunistas son ante todos maestros en exaltar la paranoia, el odio al adversario y la lógica de la venganza, con el objetivo de lucrarse. En su libro, Conason reconstruye cómo el conservatismo, una tradición política que, en teoría, se fundaba en la prudencia fiscal, el respeto institucional y la responsabilidad individual, se convirtió en un negocio multimillonario basado en la desinformación y el resentimiento. Poco a poco, el conservatismo dejó de ser un marco intelectual para convertirse en una marca comercial.
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Para Conason, el ‘engaño más largo’ no consiste únicamente en manipular a una base electoral, sino en la creación deliberada de un ecosistema completo –medios, donantes, políticos y operadores– diseñado para monetizar el miedo. Desde la Guerra Fría hasta la era de Donald Trump, el autor muestra cómo la narrativa de una amenaza existencial permanente ha permitido recaudar fondos, ganar audiencias y justificar abusos que en otro contexto habrían resultado inaceptables.
los pioneros
El libro traza una cronología que comienza en 1950 con figuras como el senador Joseph McCarthy y los empresarios que financiaron su cruzada anticomunista, continúa con el auge de la derecha mediática a finales del siglo XX y desemboca en un movimiento que ya no distingue entre información, propaganda y fraude. Progresivamente, el conservadurismo fue vaciado de contenido intelectual y reemplazado por una identidad tribal, definida más por quién es tu enemigo.
El controvertido senador McCarthy. Foto:Imágenes falsas
Uno de los factores decisivos en la victoria del embaucamiento sobre las corrientes serias fue el papel de los medios. Conason identifica a los que descubrieron que la indignación no solo fideliza audiencias, sino que es extraordinariamente rentable. La verdad es secundaria; lo esencial es mantener al público en un estado de alerta permanente. La mentira no es un error: es una herramienta del negocio. Y esto se presenta décadas antes de que Rupert Murdoch y Fox entraran al mercado de Estados Unidos
¿Cómo se consolida esa alianza entre políticos y estafadores? Muchos dirigentes no necesariamente diseñan el sistema, pero aprendieron a vivir de él. Al repetir teorías conspirativas o atacar instituciones democráticas, obtuvieron visibilidad, donaciones y poder.. A cambio, legitimaron a quienes vendían falsas curas, inversiones fraudulentas o fantasías políticas empaquetadas como patriotismo.
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La estafa más larga Desmonta la idea de que este fenómeno responde a una rebelión espontánea de las bases. Al contrario, el proceso fue, en gran medida, dirigido desde arriba: financiado por grandes intereses económicos y amplificado por operadores que comprendieron el valor comercial de la rabia.
El mentor de Trump
Roy Cohn ocupa un lugar central en esta historia: es el eslabón que conecta la cruzada anticomunista de los años cincuenta con el trumpismo contemporáneo. Saltó a la fama en 1951, como el joven y temido asesor del senador Joseph McCarthy, y uno de los principales arquitectos de la persecución política que destruyó reputaciones y carreras a partir de acusaciones infundadas y un clima de terror moral.
Roy Cohn junto al senador republicano Joe McCarthy. Foto:Imágenes falsas
Cohn era homosexual en una época de abierta discriminación, y jamás salió del clóset. Ante los rumores, su postura pública era ferozmente homofóbica. Fue, ante todo, un precursor de la ideología de la impunidad: mentir sin pudor, negar los hechos evidentes, estar sin sanción y salirse con la suya se convirtió con Cohn en virtudes admirables.
Tras la caída de McCarthy, Cohn pasó a ser abogado de mafiosos, a quienes se reunieron en su despacho para blindarlos de la vigilancia del FBI, amparándose en la confidencialidad abogado-cliente. Gracias a sus contactos, ya maniobras dilatorias, logró eludir durante años Múltiples investigaciones en su contra.
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Esa capacidad de no rendir cuentas, de convertir la agresión y el descaro en estrategia legal y política, fascinó a Donald Trump, quien lo contrató como abogado y absorbió de él una lección decisiva: no importa la verdad ni la legalidad, sino la habilidad para imponer tu propio relato y escapar de las consecuencias.
Triunfo Foto:Triunfo
El antecedente de Wallace
En 1964, durante las primarias del Partido Demócrata para la campaña presidencial, el equipo del gobernador de Alabama, el segregacionista. George Wallace, perfeccionó una innovación política decisiva: la recaudación masiva de pequeñas contribuciones por correo de donantes motivados por el resentimiento racial y el extremismo ideológico. La estrategia demostró que el odio podía convertirse en un modelo de negocio político sostenible, independiente de las estructuras tradicionales.
Ya en la elección general, la candidatura del republicano Barry Goldwater, otro extremista, consolidó ese giro. Aunque Goldwater obtuvo apenas el 38 por ciento del voto popular –una derrota contundente frente al demócrata Lyndon B. Johnson–, su campaña sirvió para normalizar posiciones extremas dentro del Partido Republicano. El extremismo dejó de ser un último electoral y mutó en una identidad movilizadora que, con el tiempo, desplazaría al ala moderada del partido.
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La proliferación de fundaciones fue otra clave del sistema. La falta de supervisión efectiva por parte del Departamento de Justicia permitió que, bajo la fachada filantrópica, se crearan entidades para generar ganancias privadas para sus fundadores y operadoresacumulando pérdidas para la propia fundación.
Las fundaciones se especializaron en recaudar contribuciones políticas, pagar salarios inflados, contratar empresas vinculadas a sus directivos y desviar recursos sin control real. Fue la institucionalización de un modelo en el que la opacidad legal protegía prácticas claramente fraudulentas.
Nixon lo perfeccionó
Richard Nixon ocupa un lugar central como antecedente director del trumpismo. Las grabaciones de la Casa Blanca muestran con claridad cómo su equipo, siguiendo sus instrucciones, exigía donaciones para su reelección a empresas con temas pendientes ante el gobierno federal. Como ITT Inc. en 1971, que ante una investigación antimonopolio tuvo que realizar cuantiosos aportes a los republicanos. Más que la corrupción, fue el desacato de Nixon a las cortes, a la prensa y al establecimiento lo que le ganó la admiración de la extrema derecha estadounidense. Para Conason, Nixon no cayó por haber abusado del poder, sino por haber sido demasiado audaz al desafiarlo todo.
Richard Nixon fue presidente de Estados Unidos por el Partido Republicano. Foto:Imágenes falsas
El componente ‘moralista’
Jerry Falwell marca el momento en que la religión conservadora en Estados Unidos se convierte en una poderosa maquinaria política y financiera.. Pastor bautista de Virginia, Falwell alcanzó proyección nacional gracias a La hora del evangelio de antaño, un programa televisivo que combina sermones apocalípticos con una puesta en escena moderna y emocionalmente eficaz.
Su talento no reside en la prédica, sino en su capacidad para monetizarla: donaciones por correo, membresías, productos religiosos y llamados urgentes a “salvar a la nación” con aportes económicos convirtieron la fe en un flujo constante de ingresos. El teleevangelismo demostró que la devoción, amplificada por la televisión, podía transformarse en un negocio de alcance nacional.
Falwell supo capitalizar el resentimiento de la derecha religiosa cuando la Corte Suprema retiró el beneficio tributario de la universidad conservadora Bob Jones University, pues la discriminación racial era incompatible con los beneficios fiscales. Aquella decisión judicial fue presentada como una persecución del Estado contra los cristianos.
Bajo esa narrativa, Falwell fundó The Moral Majority, un movimiento conservador de vocación ecuménica que unificó a evangélicos, bautistas y otros sectores religiosos bajo una agenda política común. Su objetivo no era solo influir en las elecciones, sino crear un sistema de validación moral en el que los pastores escogían a los “candidatos correctos” para el Congreso, fusionando púlpito y urna de manera inédita.
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Paralelamente, emitieron bonos sin respaldo real para financiar sus proyectos religiosos y educativos. Muy tarde, el Gobierno sancionó estas operaciones, permitiéndole operar durante años con impunidad. Su caso revela cómo, bajo el manto de la fe y el conservadurismo moral, se consolidó un modelo en el que la política, la religión y el lucro se entrelazaron, preparando el terreno para una derecha movilizada por el rencor, disciplinada por líderes religiosos y sorprendentemente tolerante frente al fraude cuando este se presentaba como una causa divina.
Hacia el final del libro, Conason describe las movidas de Trump en 2012 incluyendo promover encuestas falsas poniéndolo como el empresario más exitoso y su alianza con la controvertida teleevangelista Paula White, quien proclama que ha llevado a Trump a Jesucristo.
Conason advierte que mientras el engaño siga siendo rentable, habrá razones para perpetuarlo. Sin embargo, señala que la rendición de cuentas, el periodismo riguroso y la reconstrucción de una cultura política menos cínica son condiciones indispensables para cualquier intento de recuperación. La pregunta final no es solo qué le ocurrió al conservadurismo estadounidense, sino qué le ocurre a una democracia cuando una de sus grandes tradiciones políticas es reducida a un negocio basado en el miedo. La respuesta debería preocuparnos a todos.
Fue embajador en Canadá y Ministro Plenipotenciario en la embajada de Colombia en Washington. Abogado en Colombia y Estados Unidos.
